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¡Oops! Casada con el chico equivocado romance Capítulo 237

Evaldo, al final, sí se pasó de copas. Sania llamó al chofer, Lautaro, para que fuera por ellos.

—¿Y si mejor los llevo yo? —preguntó Pizarro, preocupado.

Sania negó con la cabeza.

—No hace falta. Ustedes váyanse. Yo me quedo un ratito con él aquí, esperando el carro. Ya es tarde, mejor váyanse.

—Sus esposas se van a preocupar.

La sonrisa de Pizarro se congeló: Sania, yo no tengo esposa, no me apuñales así.

Aun así, les dijo un par de cosas y se fue.

Sania jaló una silla y se acercó. Evaldo tenía la mirada pesada, los párpados caídos. Se veía acalorado; se desabrochó un par de botones de la camisa, con esa soltura despreocupada.

Así, borracho, Evaldo hasta se veía… dócil.

En el día a día, era difícil asociar “dócil” con ese hombre.

Sania le palmeó la mejilla, tibia y rosada.

—Oye, Evaldo. ¿Desde cuándo te gusto?

El hombre, que estaba desparramado en la silla, se incorporó de golpe.

—Jejeje… amor, ¿cómo sabes que me gustas?

Sania frunció el ceño.

—No te hagas. ¿Te gustaba desde hace tres años?

—Mmm…

Tenía los ojos cerrados y una sonrisita, pero era claro que ni había entendido bien la pregunta.

—¿O desde antes? ¿Y lo del muro rojo en la prepa cómo se explica? ¡Yo ni era mayor de edad!

—¿Ya te gustaba en secreto desde entonces?

Como él estaba borracho, las preguntas de Sania se fueron poniendo más atrevidas… y más creídas.

Pero pensándolo bien, lo más probable era que fuera desde hace tres años.

Lo del muro rojo sonaba más a que él volvió a propósito a dejarlo ahí, para que ella lo viera cuando regresara a la escuela.

Lástima que él no respondió.

Sania suspiró y le picó los labios con la punta del dedo.

—Evaldo… ¿desde cuándo te gusto?

Sania miró el escote medio abierto, y el tatuaje que se asomaba a ratos. Se le movió la mirada.

Sin poder evitarlo, se inclinó y lo besó.

—Disculpe, ¿podemos pasar a limpiar? —dijo una mesera, y se quedó mirando, sorprendida, a la pareja dentro del cuarto.

Sania no esperaba que la cacharan robándose un beso.

Dios… ¿la mesera no iría a pensar que ella era una rara?

—Ejem… sí, sí, pasen. Ya nos vamos.

No tuvo valor para quedarse ahí. Tambaleándose, sostuvo a Evaldo y lo llevó al lobby.

Por suerte, el carro de Lautaro ya había llegado.

-

La forma de beber decía mucho de una persona. Y Evaldo, borracho, era increíblemente dócil.

No hacía escándalo ni se ponía necio; se dejaba guiar.

Después de limpiarlo un poco, Sania quedó rendida.

Aun así, le molestaba el olor a alcohol, así que abrazó una cobija y se fue al cuarto de visitas.

Al día siguiente, cuando Sania volvió al cuarto principal, Evaldo estaba medio recargado en la cabecera, con la mano en la frente, tratando de bajarse la cruda.

—¿Ya despertaste? —Sania se acercó.

—Sí. Amor, perdón. Ayer tomé de más. ¿No te molesté para dormir?

Sania negó con la cabeza.

—No. Anoche dormiste solo.

—Pero ayer, borracho, dijiste un montón de cosas.

Evaldo se tensó.

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