—Tranquila, el Sr. Camoso es joven y prometedor, guapo y con plata. A nuestra hija le va a gustar.
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A las cuatro, Evaldo volvió a aparecer en la empresa de Sania, caminando como si fuera el dueño del lugar.
Esta vez, Sania no le dijo nada, solo alzó una ceja.
—¿Tan temprano vienes por mí?
—Sí. ¿Te acuerdas de Fabio, el que se casó la otra vez? Dijo que nos invitaba a cenar. De paso te llevo conmigo.
Sania dudó un poco.
—Si es reunión de tus amigos, mejor no voy, ¿no?
A la boda todavía tenía sentido que fuera, pero ¿quién lleva a la esposa a una juntada con los compañeros?
—No pasa nada, todos llevan a la esposa.
Evaldo se inclinó hacia ella, bajó un poquito la mirada y puso cara de pobrecito.
—Amor, todos van con su esposa… ¿me vas a dejar ahí solito?
—Tu marido está demasiado guapo —siguió, descarado—. Afuera hay un montón de zorras. ¿Me cuidas bien, sí?
Sania lo empujó.
—Si te pueden “robar”, entonces no te quiero.
Evaldo la rodeó por la cintura y le besó la comisura de los labios.
—No me roba nadie. Para eso tengo en casa a mi traviesa favorita.
Sania se quedó sin palabras.
*¡Cállate ya, idiota!*
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Sania, que creyó que todos iban a llevar pareja, entró del brazo de Evaldo al salón privado… y se quedó helada.
Puros hombres, todos. ¿Y las esposas? ¿Y las novias? No había ni una.
Sania giró la cabeza y lo miró, preguntándole con los ojos.
Evaldo se encogió de hombros, como si nada.
—¡Ay, ustedes no trajeron a sus esposas! Yo pensé que sí, jajaja… disculpen, compas, disculpen.
Todos se quedaron sin palabras, sin saber qué decir.
Este tipo sí que era un desgraciado.
Si justo había sido él el que en el grupo había insistido: “Hoy ni se les ocurra traer pareja”.
Les daban ganas de sacarle el celular, ponerle el chat en la cara a Sania y que lo viera con sus propios ojos.
Sania se sintió incómoda. Evaldo, en cambio, estaba como en su casa.
—Ven, amor, siéntate aquí.
Cuando ya la acomodó, Evaldo golpeó la mesa con los nudillos.

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