Ramona se atragantó un poco y dijo:
—Iván, mejor sigamos con el trato de antes, ¿sí?
Iván se veía sinceramente decepcionado.
—Ah, bueno… ni modo. Abuelo, ¿ya terminaste de hablar con Ramona? ¡Quiero que Ramona me acompañe a jugar!
Sandro torció la boca.
—Sí, sí, vayan, vayan.
Iván, emocionadísimo, jaló la mano de Ramona y se la llevó corriendo al cuarto.
El viejo lo vio sonreír con esa facilidad del niño, y se le hizo un nudo en el pecho.
—Roque, ¿por qué a Iván le gusta tanto ella? ¿No será… raro?
Sandro siempre había sido de los que le daban vueltas a todo, de los estrictos, así que se preocupaba más que nadie.
El hombre entrecerró la mirada, serio.
—Papá, no. Ella no… Ella jamás le haría daño a Iván. Tú tranquilo.
—Y no vuelvas a decir cosas así. Si ella llega a escuchar, se va a sentir mal.
Sandro chasqueó la lengua. No era que le cayera mal Ramona; era esa desconfianza de quien ya vivió bastante.
Pero si su hijo mayor ya lo había dicho así de claro, él tampoco iba a ponerse a hacer cosas que lo hicieran quedar como el villano.
Si esa Srta. Jaramillo de verdad podía tratar a su nieto como si fuera su propio hijo, él se lo iba a agradecer de corazón.
Pero si ella tenía aunque fuera un poquito de interés escondido, Sandro no iba a permitir que lastimara a su nieto ni un milímetro.
Iván, en cambio, traía su propia intención.
—Je, je… Ramona, no te dejes engañar por mi papá. Parece bien serio, pero cuando era joven sí que estaba guapo.
Ramona sonrió, algo incómoda.
—Tu papá todavía está muy guapo.
—¿Sí? —Iván frunció la boca—. Ahorita se ve bien regañón. ¡Antes estaba más guapo! Ramona, te voy a enseñar el álbum. Pero no le digas a mi papá, ¿eh? Lo saqué a escondidas.
Ramona ya estaba acostumbrada a que Iván fuera un niño con cara de ángel y mente de adulto. Y, además, tenía curiosidad: ¿de verdad se parecía tanto a la mamá de Iván?
¿Habría fotos de ella en ese álbum?
Al abrir el álbum de pasta dura, las hojas susurraron. Conforme el niño pasaba las hojas, Ramona vio un rostro de dieciocho años.
El fondo era el pasto de una casa grande. El chico llevaba una camisa blanca que el viento inflaba un poco; el cabello, negro y abundante. Estaba tirado sobre el césped con una soltura que no se le veía ahora. Las mangas arremangadas dejaban ver el antebrazo, tenso y marcado, con líneas limpias.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado