Mientras pensaba cómo decirlo, Ramona no esperaba que el mensaje del hombre apareciera primero.
[Srta. Jaramillo, aquí estoy. ¿Me buscabas?]
El corazón le dio un brinco. De inmediato aventó el celular lejos.
Como si, teniéndolo cerca, sus nervios quedaran al descubierto.
Cuando intentó recomponerse y actuar como si no hubiera pasado nada, el hombre volvió a escribir.
[Hace rato estás en mi chat, escribiendo y borrando, como media hora. Si te incomoda teclear, ¿hablamos por audio?]
Roque, como si solo le estuviera avisando, enseguida mandó una videollamada.
Ramona no era tan tonta como para contestar así sin más. Apagó su cámara, y al instante la cara guapa y firme de él llenó la pantalla.
—¿Se descompuso mi celular? —la voz grave le llegó por el auricular—. ¿Por qué no puedo ver tu cara?
Ramona fingió calma y carraspeó.
—Porque no prendí la cámara. Sr. Camoso, no me acostumbro a hacer videollamadas con gente que no conozco bien. Por audio es lo mismo.
—Ah. —Roque apretó apenas los labios—. Yo pensé que mirarse a los ojos era la forma de hablar con sinceridad.
Ramona se quedó sin palabras.
Él cambió el tono:
—Pero bueno, con que tú me veas a mí, está bien.
Ramona no entendía de qué época era Roque. Su forma de ser y la del esposo de la Sra. Belte eran el día y la noche.
—Entonces, Ramo, ¿qué mensaje querías mandarme?
Ese “Ramo” le encendió las mejillas a Ramona al instante.
¿Lo decía a propósito? Porque si no, de verdad parecía que la estaba provocando.


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