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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 575

La señora Yáñez sonrió con calidez:

—No digan eso. Son compañeras de mi hijo, así que para mí son como unas niñas más. Si de comprar se trata, yo debería comprarles algo rico, ¿no les parece?

La señora sacó su teléfono, desbloqueó la pantalla y le dijo a Erika:

—Entonces no interrumpiré a Leonardo. Este es su número actual, anótenlo para que puedan comunicarse con él.

—Gracias, señora —Erika le tomó una foto al número.

No pudo evitar mirar a la señora Yáñez. Su piel de porcelana era envidiable, y aunque ya no era una muchachita y tenía algunas finas arrugas alrededor de los ojos, sus facciones seguían siendo hermosas y definidas; era la imagen misma de la belleza clásica.

Erika no sabía si era porque en el fondo ya había decidido que la mujer que tenía enfrente era su madre biológica, pero sentía que los ojos y la nariz de la señora se parecían un poco a los suyos.

Sin atreverse a mirar por mucho tiempo, Erika esperó a que la señora tomara asiento antes de sentarse ella también.

La señora Yáñez era muy platicadora. Les contó algunas anécdotas divertidas de Leonardo Romero y las invitó a probar los bocadillos y el café.

Después de unos diez minutos, Erika siguió el plan que Martina le había sugerido antes de entrar: usar la excusa de ir al baño para llevarse algo a escondidas.

Una vez adentro, logró recolectar un par de cosas útiles para una prueba de ADN y las guardó en su bolso.

Cuando salió, al pasar por la pared llena de fotografías, se detuvo para mirar cada una de ellas con atención.

Antes, por la prisa de ir a buscar muestras, había pasado de largo. Ahora, al observarlas con calma, notó que entre las fotos había un hombre joven con ropa de camuflaje. Debía ser una foto de juventud del padre de Leonardo Romero.

Mirando de cerca, Erika sintió de pronto que el parecido entre ella y el hombre joven de la foto era incluso más evidente que con la señora Yáñez.

Erika sintió una mezcla de emoción y tristeza; un torbellino de emociones la invadió, pero hizo un esfuerzo titánico por contenerse.

Una vez que ordenaron la comida, Adrián se quitó el cubrebocas y, antes de que Erika pudiera preguntar, les dijo directamente:

—Es normal que los hombres peleen. No pregunten demasiado, ya está todo resuelto.

Erika lo miró, estupefacta. Tenía un moretón enorme en la comisura de los labios y otro detrás de la oreja. Valerio Ramírez sí que había pegado fuerte, y él no parecía estar tan lastimado como Adrián.

Erika hizo una pausa y luego dijo con muchísima pena:

—Lo siento mucho, Adrián...

Pero antes de que pudiera continuar, Adrián la interrumpió, quitándole importancia al asunto:

—Eri, no es tu culpa. Simplemente no lo soporto, el único problema es que no soy muy bueno peleando.

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