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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 714

Romina observaba detenidamente el rostro de Pedro, notando cada pequeño cambio en su expresión. Murmuró, casi sin voz:

—...No quiero quedar embarazada.

El rostro de Pedro permanecía sereno, tan impasible que a Romina le daba escalofríos mirarlo sin razón aparente.

Ella extendió la mano y tomó la caja de pastillas que Pedro sostenía, apurada por cambiar el tema.

—¿Tienes algo que hacer esta noche?

Pedro la miró de frente, con la mirada tranquila y fija en su cara:

—No, nada.

Romina se acercó, le tomó la mano con suavidad.

—Entonces mejor vámonos a descansar, podemos ver la tele... ¿Qué quieres ver?

Pedro seguía inmóvil, con los ojos clavados en ella como si la estuviera leyendo.

Romina, incómoda, bajó la mirada.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

Pedro levantó la mano y apartó con delicadeza un mechón de cabello que caía sobre la mejilla de Romina.

—¿Por qué no quieres quedar embarazada?

La expresión de Romina se tensó por un instante.

—No digas tonterías, claro que no puedo embarazarme...

—¿Por qué no? —preguntó Pedro, con esa calma suya que cortaba el aire.

Romina sintió que le faltaba el aire, su respiración se agitó.

—Ya estoy casada.

—¿Y eso qué? —Pedro soltó la frase con una tranquilidad perturbadora—. Si de verdad llegaras a quedar embarazada, ¿no te parece que sería emocionante?

El corazón de Romina dio un salto. Retrocedió unos pasos y apartó bruscamente la mano de Pedro de su cara.

—Pedro, no me digas esas cosas...

Pedro retiró la mano sin insistir.

De repente, como si nada hubiera pasado, rodeó los hombros de Romina con un brazo.

—Vamos a descansar.

Romina, inquieta, se aferró la ropa del costado con ambas manos mientras Pedro la guiaba hacia adentro de la casa.

Pedro sabía bien que, después de una tensión, convenía suavizar las cosas con un gesto amable.

Ese día le tocaba descanso, no tenía que ir al hospital, y su plan original era ir a pescar a las afueras de la ciudad.

Pero después de ver el mensaje de Gisela, se le fueron las ganas. Fastidiado, se dejó caer en el sillón de la sala y encendió la televisión.

Sin embargo, Gisela no tenía intención de dejarlo en paz.

El celular empezó a sonar una y otra vez, con notificaciones de mensajes que no dejaban de llegar.

Saúl intentó ignorarlas, con el gesto endurecido y la mirada fija en la pantalla. Al final, puso el celular en silencio, sin molestarse en leer lo que ella le escribía.

Por fin, el silencio llenó la casa.

Saúl pensó que por fin podría estar tranquilo, pero se equivocaba. Gisela, decidida a interrumpir su paz, le marcó por teléfono.

Saúl rechazó la llamada.

Gisela volvió a llamar.

Saúl colgó de nuevo.

Gisela insistió, llamando una vez más.

Saúl se quedó mirando el celular, sin saber si reírse o lanzarlo por la ventana.

Estaba a punto de bloquearla cuando, de pronto, el reloj de pared se desprendió y cayó al suelo con un estruendo. El corazón de Saúl dio un brinco y sus manos temblaron junto con el susto.

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