Ofelia corrió tras Patricio.
—No te vayas, aún no terminamos. Dímelo de frente.
En ese momento, de uno de los carros estacionados bajó un hombre vestido de traje. Caminó con pasos decididos y se interpuso entre Ofelia y Patricio, bloqueando el paso de la joven.
—¿Y tú quién eres? ¡Suéltame! ¿No oíste? ¡Déjame pasar!
El hombre ni se inmutó. Seguía plantado frente a Ofelia, impidiendo que se acercara.
Ofelia solo pudo mirar impotente mientras Patricio subía al carro.
—¡No te vayas! ¡Escúchame, no te vayas!
La escena estaba tan tensa que varias personas que pasaban por la calle voltearon a mirar, algunas hasta se detuvieron intrigadas.
El hombre, que resultaba ser el asistente de Patricio, frunció el ceño y, después de apartar a Ofelia, subió también al carro.
Solo quedó Ofelia en la acera, con los ojos enrojecidos y la mirada fija en la nube de humo que dejaba el carro al alejarse.
Cuando finalmente perdió de vista el carro, bajó la cabeza, apretó los puños y murmuró con la voz temblorosa:
—Todos se la agarran conmigo, siempre me toca la peor parte...
Hasta Xavier la trataba así últimamente. Al pensar en él, recordó el bloqueo y el celular.
Ofelia metió la mano al bolsillo, pero no estaba su celular.
Miró alrededor, inquieta, hasta que lo vio tirado en el suelo, a varios metros de distancia. Desde ahí podía ver las grietas en la pantalla.
Aceleró el paso y recogió el celular con manos temblorosas.
La verdad no le preocupaba el aparato en sí, lo que temía era quedarse sin poder recibir un mensaje de Xavier. Eso la ponía aún más nerviosa.
Por suerte, aunque la pantalla estaba dañada, el celular seguía funcionando.
Abrió la conversación de Xavier, pero al instante se quedó sin fuerzas.
Xavier seguía sin escribirle.
Intentó llamarlo, aunque en el fondo sabía la respuesta: el número estaba bloqueado también.
Se dejó caer en el mismo sitio de antes. De reojo, vio el pañuelo que el asistente había dejado en el suelo.
Ofelia lo miró con rabia, lo tomó y lo lanzó con fuerza lo más lejos que pudo.
Pero al verlo ahí, tirado, se quedó pensativa. Todavía no sabía qué relación había entre Gisela y ese hombre, no podía simplemente tirar el pañuelo sin averiguar primero.
Dudosa, regresó a recogerlo.
Observó el pañuelo con detenimiento. Se notaba que era de una marca de lujo, seguro costaba una fortuna.
Recordó también el carro en el que iba el hombre, un Bentley: puro lujo.
Guardó el pañuelo, con la firme idea de que, si descubría algo raro entre Gisela y ese hombre, se lo contaría a Xavier. No podía dejar que Gisela lo engañara.
No llegó respuesta de Xavier, pero sí un aluvión de llamadas de su mamá y su papá, preguntando dónde estaba, por qué no regresaba, suplicándole que volviera cuanto antes.
Al escuchar las voces preocupadas de sus padres, Ofelia no pudo evitar que se le quebrara la voz:
—¿Pueden venir a buscarme, por favor?
Jonás Manzano y Adela, del otro lado, se angustiaran más.
—No llores, mi niña, ya vamos por ti.
Ofelia asintió, sollozando.
...
Mientras tanto, Gisela ya había regresado a casa. Aitana y Delia la esperaban en la sala, inquietas.
Apenas abrió la puerta, Gisela se encontró con las miradas ansiosas de ambas.
Aitana movió los labios, titubeante.
—¿No es lo mismo?
Gisela ya ni sabía si reír o llorar.
—No, mamá, no es lo mismo. Para nada.
Se lo pensó un segundo y decidió dejar las cosas claras.
—Cuando digo que lo voy a seguir conociendo, es porque quiero ver si de verdad vale la pena. Si no me convence, le voy a decir adiós y listo. Yo no me voy a casar a la fuerza.
Aitana asintió, un poco más tranquila.
—Bueno, está bien.
Gisela agregó:
—Y mejor no me presentes a nadie más. Si este tal Patricio se entera que sigo en citas, seguro lo toma a mal.
Aitana, ya conforme, sonrió.
—Como tú digas. Aprovecha para conocerlo y, si todo sale bien, ojalá pronto tengamos buenas noticias.
Gisela asintió obediente, aunque su mirada se perdió un momento.
Aitana siguió haciendo preguntas sobre Patricio, y Gisela respondió con sinceridad.
Al final, Aitana subió a su cuarto para descansar, satisfecha.
Cuando se escuchó el portazo del cuarto, Delia no tardó en picarle el hombro a Gisela.
—¿De verdad te gusta Patricio?
—Para nada —contestó Gisela con voz baja—. Solo estoy actuando para salir del paso.

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