Gisela le contó a Delia lo que había acordado con Patricio.
Delia soltó un suspiro enorme de alivio.
—Ya me habías asustado, ¿eh? Pensé que de verdad te habías enamorado y que ibas a intentarlo con él en serio.
Gisela se rio sin darle importancia.
—¿Cómo crees? Solo es para que mi mamá deje de presentarme a más personas, Patricio también lo ve igual.
Delia la miró de reojo, guardándose lo que en verdad pensaba.
Todavía hace un momento, Delia se había estado preguntando: si Gisela y Patricio llegaran a estar juntos, ¿qué sería de Xavier? De verdad ya se sentía preocupada por él, como si fuera parte de su propia familia.
Después de pensarlo un poco más, Delia le dio un consejo de esos que solo dan las amigas de toda la vida.
—De todos modos, mejor mantén cierta distancia. Yo sí siento que Patricio sí está interesado en ti.
Sin pensarlo demasiado, Gisela le contestó de inmediato.
—No, para nada. Estás viendo cosas donde no hay.
Durante toda la noche, tanto ella como Patricio se habían portado de lo más educados, cuidando siempre el espacio personal, sin sobrepasar ningún límite.
Delia, con su típica pose de que lo sabe todo, murmuró:
—¿Y quién puede asegurar lo que va a pasar después?
Gisela le dio un pequeño golpe en el brazo, entre risa y fastidio.
—¡Ya deja de decir tonterías!
...
Ofelia, después de que sus papás la subieron al carro, se aferró a la cintura de su madre, sintiéndose lastimada y con ganas de desaparecer, escondiendo la cara en el pecho de Adela.
Adela la miró con ternura, acariciándole la espalda.
—Mira nomás, ya tienes toda la cara manchada de lágrimas. Dime, mi niña, ¿quién te hizo sentir así? Dinos a tu papá o a mí, y vamos a hablar con quien sea necesario.
Ofelia aspiró por la nariz, los ojos rojos y el labio inferior temblando.
—Mamá, ¿cómo le hablaste al señor Tapia? —preguntó, haciéndose la disimulada.
Adela se desconcertó un poco.
—¿De qué hablas?
Ofelia bajó la voz, avergonzada.
—Sobre lo de que Xavier y yo nos vamos a casar… ¿ya se te olvidó?
—¡No, claro que no!
Sin embargo, cuanto más lo negaba, más convencida estaba Adela.
—Sí es por él. Ese Xavier, lo vi crecer igual que a ti —dijo Adela con aire comprensivo—. ¿Te duele porque no quiere aceptar lo que la familia decidió?
Ofelia se quedó callada un momento, bajando la mirada.
—Mamá…
—No te pongas a discutir. Tú y yo sabemos perfectamente lo que pasa —le soltó Adela sin perder la dulzura.
Ofelia frunció el ceño, derrotada.
—¿De verdad se me nota tanto?
Adela la miró con una mezcla de resignación y ternura.
—¿Y si no me hubiera dado cuenta, cómo crees que me animaba a ir con tu papá a hablar con la familia Tapia sobre tu boda con Xavier?
Ofelia se dejó caer en el asiento, como si todo el peso del mundo le cayera encima. Suspiró, derrotada.
—Pero es que Xavier no quiere casarse conmigo, y además… y además…

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