Había que lograr que Romina sintiera un poco de presión, solo así dependería más de él y no volvería a marcharse como antes, sin mirar atrás.
Los dos permanecieron abrazados en silencio. Romina pensó que la conversación había llegado a su fin. Justo cuando iba a pedirle a Pedro que la soltara para poder bajarse de la cama, él volvió a hablar.
—¿Te sientes cansada?
El corazón de Romina dio un brinco y la vergüenza le subió hasta la cara.
Tuvo que contenerse, mordiéndose los labios para no soltarle un “lárgate”.
Pedro le apretó la cintura, recorriéndola despacio con los dedos.
—Contéstame, ¿te sientes cansada?
El cuerpo de Romina le recordaba cada segundo lo que acababa de suceder entre los dos.
Había sido infiel.
Ahí mismo, en esa cama, había traicionado todo.
Romina inhaló profundo y trató de sonar tranquila.
—Estoy bien. Quiero ir al baño a lavarme la cara, ¿puedo?
Pedro dejó escapar una risa apagada.
—¿Por qué te pones tan tensa? Ni que te estuviera prohibiendo ir.
Ella le regaló una sonrisa forzada.
—Bueno… ¿me dejas bajar entonces?
Pedro la soltó despacio y volvió a recostarse.
—Ve, ya.
Romina sintió como si le quitaran un peso de encima y saltó de la cama, casi corriendo hacia el baño.
El agua de la regadera se deslizó sobre su cabeza, bajando por el cuerpo hasta los pies. Solo entonces pudo soltar el aire que tenía atascado en el pecho.
Si alguien dijera que Romina era especialmente fiel a su matrimonio o a su esposo, estaría exagerando.
Era el medicamento que había pedido en la app de entregas.
Manos temblorosas, Romina abrió la caja de inmediato, sacó las pastillas y se apresuró a tomar una con un vaso de agua.
—¿Qué tomas?
Pedro apareció a sus espaldas sin hacer el menor ruido, su voz sonaba extrañamente calmada.
A Romina se le fue el alma al suelo y dejó caer la caja de pastillas.
Pedro se acercó y, agachándose, recogió la caja antes de que ella pudiera hacer algo.
Romina quiso detenerlo, pero ya era tarde.
—No…
Pedro leyó la etiqueta en voz alta.
—¿Pastillas anticonceptivas?

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