Xavier no respondió más.
Ofelia esperó un buen rato y seguía sin ver una sola respuesta suya. Sentía una rabia tremenda, la nariz le picaba, los ojos se le llenaban de lágrimas y, frustrada, aporreó la pantalla del celular con los dedos.
[Ofelia: ¡Xavier! Hablo en serio, de verdad tengo mucha hambre y no tengo dinero. Ya es tardísimo y ni sé a dónde ir. ¿Puedes venir por mí y llevarme a casa, por favor?]
[Ofelia: Xavier, ¿ya no te importa lo que me pase?]
Nada. Xavier seguía sin contestar.
Las lágrimas le brotaron sin control.
Entre sollozos, marcó su número. Xavier no contestó; la llamada se colgó sola.
Ofelia intentó de nuevo, una y otra vez, pero él no respondió ninguna llamada.
Finalmente, se desplomó sobre la mesa del restaurante, llorando a mares. Sollozaba tan fuerte que hasta los meseros la miraban preocupados. Alguien se le acercó y le ofreció servilletas.
—Señorita, tome, límpiese un poco, por favor.
Ofelia, que siempre había sido caprichosa y consentida, se alteraba más mientras más la complacían los demás. De un manotazo apartó la mano de la mesera y, entre hipidos, reclamó:
—No quiero, solo quiero llorar.
La mesera, incómoda, insistió tendiéndole las servilletas.
—Señorita, estamos en un lugar público, mejor límpiese, ¿sí?
Ofelia se negó con más fuerza.
—¡Dije que no quiero!
El gerente y varios clientes ya la miraban con creciente desagrado. La pobre mesera, acorralada, se inclinó para susurrarle al oído:
—Señorita, su llanto está molestando a los demás y, además, no ha pedido nada. Le pido que me entienda.
Ofelia se quedó helada.
La mesera añadió en voz baja:
—Si se siente muy mal, puedo acompañarla al baño.
Ofelia alzó la cabeza, los ojos rojos e hinchados, y echó un vistazo en torno a ella. Todos los clientes le lanzaban miradas de fastidio y desaprobación.
Perfecto, hasta en el restaurante la hacían sentir sobrada.
—¡No necesito que me digan nada, ya me voy!
Se levantó de golpe, con el corazón hecho trizas, y salió casi corriendo, dejando a la mesera allí parada, con las servilletas en la mano y el rostro lleno de vergüenza.
Entre rabia y tristeza, Ofelia lloró varios minutos.
—¿Hola, necesitas ayuda?
De repente, escuchó una voz masculina sobre su cabeza. Ofelia seguía molesta y, sin mirar siquiera, descargó su enojo en el desconocido, con tono áspero.
—No necesito nada.
Pero después de tanto llorar, la voz se le quebraba, y aunque quisiera parecer fuerte, lo que los demás escuchaban era apenas un murmullo chillón, como el rugido de un tigre de papel.
El hombre no se fue. Sacó un pañuelo del saco y lo puso frente a Ofelia, hablándole con cortesía.
—Toma, límpiate un poco.
Ofelia apartó la mano del hombre de un empujón.
—Te dije que no lo necesito.
Él, sin decir nada, se agachó y dejó el pañuelo a su lado, en la banqueta.
Ofelia se quedó quieta y escuchó la voz serena del hombre:
—De todos modos, límpiate. Cuando termines de llorar, deberías regresar a casa. No es seguro que una chica como tú ande sola tan tarde por aquí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza