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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 672

Él no era de esos que se metían donde no los llamaban.

Como Saúl mismo solía decir, era una persona que exigía mucho en lo profesional, incapaz de tolerar errores propios.

Aunque después de graduarse el contacto con Rubén se había vuelto escaso, todavía consideraba que Rubén era alguien igual de exigente que él, así que no podía imaginarlo cometiendo un error de diagnóstico.

Saúl simplemente no creía que algo así pudiera pasarle a Rubén.

Sí le había pasado por la cabeza ir a averiguar, por eso siguió a Gisela hasta el hospital.

Todavía pensaba que tenía que pasar por la comisaría a ver a Rubén y preguntar cómo iban las cosas.

Pero, en el fondo, el verdadero punto clave de todo esto era Gisela.

Lo que Gisela le había hecho a Romina hace cinco años seguía fresco en su memoria. Saúl había decidido desde entonces estar del lado de Romina; ayudar a Gisela era algo que ni siquiera consideraba.

El problema real era que la petición venía de Gisela.

Si hubiera sido cualquier otra persona la que le pidiera el favor, Saúl habría ido a la comisaría ese mismo día, después de salir del hospital.

Jamás podría aceptar el pedido de Gisela; si lo hacía, para él sería como traicionar a Romina.

Por eso dudaba.

—Romina.

Saúl la llamó en voz baja.

Romina, sentada junto a la ventana, giró la cabeza y contestó con dulzura:

—¿Sí?

La voz de Saúl se mantuvo cálida:

—Alguien me pidió ayuda… y no sé si debería hacerlo.

Romina sonrió, con una chispa traviesa en los ojos:

—¿Qué clase de ayuda como para que te haga dudar tanto? Cuéntame, a ver, quiero escuchar.

Saúl la miró de reojo, con la urgencia dibujada en la cara, pero las palabras se le atragantaron.

No estaba seguro de si debía contarle todo. Temía que Romina acabara dándole demasiadas vueltas al asunto.

Esa indecisión terminó por hacer reír a Romina.

—¿Qué tanto te mortificas? Saúl, haz lo que creas necesario. Mientras no sea nada ilegal, yo te apoyo en todo.

Saúl vaciló, buscando las palabras:

—¿Y si a quien le voy a ayudar es…?

—Saúl, ¿qué tanto te complicas?

Había demasiados pendientes, y con Delia de viaje por trabajo, la mayoría de las decisiones importantes recaían sobre Gisela. Y eso que, de por sí, ya tenía mucho que hacer todos los días.

Gisela deseaba, en serio, poder clonarse para alcanzar a cubrir todo.

Cuando por fin salió de la empresa, ya eran las dos de la madrugada. El cansancio se le notaba en cada movimiento, y mientras se masajeaba el cuello, cruzó la puerta principal.

A esa hora, ni el chofer ni la asistente seguían en la oficina; a Gisela no le quedó más remedio que manejar su propio carro de regreso.

Se acomodó en el asiento, dejó el celular a un lado y encendió el motor.

De repente, el celular vibró: un mensaje entrante.

Lo tomó para ver quién era.

Era Xavier Tapia.

Gisela abrió el chat y se dio cuenta de que, en las últimas dos horas, Xavier le había mandado más de diez mensajes, y ella ni cuenta se había dado.

[Xavier: Ya regresé, ven a recibirme.]

No respondió.

A los cinco minutos, otro mensaje.

[Xavier: Oye, oye, oye, te dije que iba a regresar.]

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