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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 41

—Ya te lo dije, esas son nuestras condiciones. No seas tan exigente —la voz de Gisela sonó calmada, tan serena que resultaba imposible discutirle.

Tal como Aitana había comentado, el departamento que Gisela rentaba no tenía elevador, pero al menos estaba en el segundo piso, así que subir las maletas fue rápido.

Aunque el edificio era antiguo y el barrio se notaba viejo, el departamento tenía todo lo necesario. Eran dos habitaciones y una sala; no era muy amplio, pero después de una limpieza rápida, ya podían instalarse sin problema.

Gisela, con la costumbre de quien no tiene tiempo que perder, abrió su mochila y sacó sus cuadernos de ejercicios.

El examen de ingreso universitario estaba a la vuelta de la esquina y no podía bajar la guardia.

...

En la mansión Tovar, Nelson apenas cruzaba la puerta cuando se topó con los empleados, que iban y venían cargando un buró, atascando la entrada.

Uno de los empleados, sudando a chorros, se hizo a un lado para dejarle pasar.

—Señor Nelson, disculpe —murmuró.

Nelson no se movió, se quedó justo en la entrada, bloqueando el paso. Reconoció de inmediato aquel buró: era el de la habitación de Gisela, ese que tenía las calcomanías que ella misma había pegado en la puerta.

Arrugó la frente, su voz sonó baja y áspera:

—¿Qué está pasando aquí?

El empleado desvió la mirada, nervioso.

—Es orden del señor. Si quiere, puede ir a preguntarle...

La mirada oscura y alargada de Nelson parecía ejercer una presión extraña en el ambiente. Observaba el buró como si no le importara, pero todos sentían el peso de sus pensamientos.

Nadie entendía qué pasaba por su mente. Los empleados, empapados en sudor, no sabían si seguir adelante o retroceder.

Después de unos segundos, Nelson se movió apenas lo suficiente para despejar la entrada.

El empleado se sintió aliviado, estuvo a punto de continuar cuando la voz de Nelson volvió a sonar, ahora más firme.

—Déjalo.

El empleado se sobresaltó.

—Pero... es orden del señor, dijo que tiráramos todas las cosas de la señorita Gisela. Nosotros solo...

—Llévalo de vuelta —interrumpió Nelson, la voz aún más dura—. No quiero repetirlo.

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