Nelson levantó la mirada con calma, sus ojos oscuros y profundos se cruzaron con la mirada apagada de don Arturo.
El semblante de don Arturo se volvió más serio.
—Nelson, al final de cuentas, ella no es parte de la familia Tovar. Debes poner siempre a la familia Tovar por encima de todo, no anteponer a una extraña.
Nelson entrecerró los ojos apenas, como si evaluara cada palabra.
Don Arturo desvió la mirada y se quedó viendo por la ventana. Por un momento, el silencio se instaló en la habitación.
—Nelson, si de verdad no puedes dejarla ir, deja que regrese —aventó don Arturo, como si le diera una última oportunidad.
Tal como lo esperaba, Nelson rechazó su propuesta sin dudar.
Todos sabían que la relación entre Gisela y la familia Tovar era tan distante como la relación entre Gisela y Romina.
Nelson siempre elegiría a Romina, así como pondría a la familia Tovar por encima de todo.
Él siempre tenía claro lo que hacía y lo que debía hacer. Esa era una de las razones por las que don Arturo confiaba en él.
La familia de Romina tenía mucho más peso que la de Gisela, y Romina podía darle a Nelson lo que Gisela jamás podría, tanto en lo material como en lo emocional.
Sin importar desde qué ángulo se viera, Romina superaba a Gisela.
Don Arturo agitó la mano con impaciencia.
—Ya vete, no me distraigas, quiero leer.
Nelson salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Enseguida, una de las empleadas entró a paso apresurado.
—Señor, ¿quiere que saque las cosas de la señorita Gisela de su cuarto?
Don Arturo se quedó pensativo unos segundos.
—Sí, sácalas.
—No hace falta preguntarle a Nelson.
—Entendido —respondió la empleada, saliendo con rapidez.
...
De repente, justo cuando Aitana entraba con un vaso de leche caliente en las manos, Gisela recibió una llamada de Nelson.
Gisela tomó la leche que le ofrecía Aitana y, sin dejar de sostener el vaso, presionó el botón para responder la llamada.
Con voz tranquila, preguntó:
—¿Qué pasa?
La voz de Nelson sonó más grave de lo normal.
—¿Dónde estás?
Gisela soltó una risita.

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