Ella apartó la mirada, completamente indiferente, y se giró hacia el otro lado para contemplar el paisaje nocturno.
La mansión Tovar estaba ubicada en una zona residencial exclusiva del centro de la ciudad; el ambiente era tan amplio y silencioso que apenas se veía a unas cuantas personas dispersas por ahí.
Mientras el carro se acercaba a la entrada del fraccionamiento, Gisela sentía cómo la paz volvía poco a poco a su corazón.
En su vida pasada, la mansión Tovar había sido testigo de demasiados recuerdos dolorosos para ella.
Cuando dio a luz a Fabi, no fue en un hospital.
Fue en la propia mansión Tovar.
Una situación absurda y peligrosa.
Pero para la familia Tovar, y para Nelson en especial, que ella estuviera embarazada de su hijo era algo vergonzoso, algo que no debía salir a la luz.
Así que, excepto por el momento en que se enteró del embarazo en el hospital, todas las revisiones, chequeos y hasta el parto fueron organizados por Nelson, quien contrató especialistas para que fueran a la mansión Tovar. No permitió que Gisela, ya con el vientre tan grande, saliera ni un solo paso.
Por aquel entonces, aunque ya era mayor de edad, todavía era estudiante. Como no podía ir a la escuela por el embarazo, la familia Tovar tampoco le mandó profesores a domicilio. Todo tuvo que aprenderlo sola.
A duras penas aguantó hasta el día del examen de ingreso universitario y quiso rogarle a Nelson que le permitiera salir a presentar la prueba.
Pero quien fue a verla ese día fue Romina, que también estaba embarazada.
Romina sonrió con dulzura al tiempo que ordenaba que le quitaran el pase de examen y la identificación a Gisela el mismo día de la prueba. Luego pidió que cerraran bien puertas y ventanas.
No tuvo manera de escapar.
Así, perdió la oportunidad de tomar el examen de ingreso universitario.
Gisela cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, solo quedaba un vacío gélido en su mirada.
Si hacía cuentas, ese mes era justo cuando Romina quedaría embarazada del hijo de Nelson.
En unos diez meses, nacería su hijo.
Gisela apretó los puños tan fuerte que las uñas casi le perforaron la palma.
Jamás olvidaría que la vida de Fabi...
Eso se lo debía cobrar a Romina.
...
Aitana, al ver el carro de Nelson acercarse, abrió los ojos como platos y dejó ver la esperanza en su rostro.
—Gisela, anda, pídele a don Nelson, anda, ruégale, a lo mejor así nos deja quedarnos.
Gisela esbozó una sonrisa sarcástica.

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