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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 286

UVPO. CAPÍTULO 27. Un apodo peligroso

Sloan levantó inmediatamente la cabeza, como si de repente le hubiera picado un escorpión en las pelotas.

¿Qué acababa de decir Alejandra? ¿Ironman? ¿En serio?

Pero antes de que pudiera poner el grito en el cielo sin saber por qué lo hacía, Samuel soltó una carcajada.

—¿Ahora soy Ironman?

—Por supuesto. Eres egocéntrico, crees que puedes hacer cualquier cosa y tienes una preocupante tendencia a meterte donde vuelan las balas —replicó Alejandra con esa sonrisa genuina que parecía iluminar cualquier habitación y Samuel el revolvió el cabello después de abrazarla.

—Pensé que eso último también lo hacías tú.

—Yo lo hago con elegancia.

—Y con elegancia te llevas balas de rebote —advirtió Samuel.

—Porque las directas saben que no pueden conmigo —replicó Alejandra y ambos rieron.

Sloan apretó tanto el bolígrafo que tenía en la mano, que estuvo a punto de romperlo.

Llevaba semanas intentando recuperar los sobrenombres de Alejandra y aquel desconocido acababa de conseguir uno en menos de cinco minutos.

—¿Cómo sigue el hombro? —preguntó Samuel, ignorándolo.

—Mucho mejor. Y todavía no te agradezco apropiadamente por salvar mi vida, así que cuando esté lista, hagamos algo juntos —propuso ella.

—¡Excelente! —aceptó Samuel—. Cuando te recuperes, podríamos ir a saltar en paracaídas.

Alejandra abrió los ojos, encantada, y por un segundo Sloan vio realmente el brillo en ellos. Él se había contentado con decir que no cuando ella se lo había propuesto, pero no la había mirado lo suficiente como para darse cuenta de cómo le brillaban los ojos cuando pensaba en aquello.

—¡¿Te gusta el paracaidismo?! —preguntó Alejandra fascinada.

—Tengo bastante experiencia —aseguró Samuel.

—¡Maravilloso! Entonces en cuanto mi hombro esté bien yo…

—Ese plan ya lo tenías conmigo —intervino Sloan sin saber por qué, y los dos se volvieron hacia él.

Alejandra frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Lo del paracaidismo —le recordó él—. Ya habíamos hablado de hacerlo juntos.

—Sloan, me dijiste que preferías morir de aburrimiento antes que saltar de un avión —replicó Alejandra achicando los ojos.

—Lo pensé mejor.

Ella lo examinó como si acabara de anunciar que renunciaría a la abogacía para convertirse en payaso.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Saltando de un avión? —murmuró, pero no se rio en su cara porque él parecía absurdamente serio.

—Exactamente.

Samuel sonrió también.

—Bueno, el paracaidismo no es mutuamente excluyente, de donde saltan dos, saltan tres.

—De todas formas, no puedo saltar hasta que mi hombro sane —intervino Alejandra, aunque evidentemente no se había quedado convencida con aquella respuesta de Sloan—. Tendremos que dejarlo para después.

—No hay problema —respondió Samuel—. Mientras tanto, podríamos ir al cine. O a un parque de diversiones.

Esa propuesta también la emocionó demasiado, y Sloan se dio cuenta de que, aparte de saber que era loca, y una buena guardaespaldas, seguía sin saber mucho de Alejandra.

—¡Me encantan los parques de diversiones! —exclamó ella.

Sloan sintió que estaba perdiendo una batalla cuya existencia ni siquiera había reconocido. ¿Cómo podía haberla llamado familia una vida entera y no saber que se derretía por un parque de diversiones?

—Podríamos organizar una cita de parejas —soltó de repente, porque se dio cuenta de que si no decía algo, el hombro ya no podía ser excusa para que no se fuera con Samuel al susodicho parque… ¡y él no quería que fuera sola!

Pero tampoco podía decirle “te acompaño porque soy tu tutor legal”. Entonces…

El silencio fue inmediato y Alejandra giró lentamente la cabeza.

—¿Qué?

Sloan mantuvo una expresión perfectamente seria, como si aquella propuesta fuera lo más razonable del mundo.

—Una salida de cuatro personas. Tú con Samuel y yo con Tiffany.

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