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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 263

UVPO. CAPÍTULO 4. Física básica

La policía había llegado poco después.

Alejandra había explicado lo ocurrido, pero Whitmore había insistido en que había sido víctima de una agresión injustificada, y varios invitados mostraban grabaciones que comenzaban después del derribo.

Clara había intentado intervenir nuevamente, pero un supervisor del evento la había apartado de inmediato para hablar con ella. Así que media hora después, cuando un agente había anunciado que Alejandra tendría que acompañarlos a la comisaría, ella suspiró.

—¿Podemos hacerlo rápido? Tengo hambre.

—Señorita, esto es serio.

—Lo sé. ¿Puedo llevarme los zapatos en la mano? Me están matando.

Mientras la conducían hacia la salida, Whitmore le gritó desde el pasillo:

—¡No tienes idea de con quién te has metido!

Alejandra se volvió y lo miró de arriba abajo.

—¡Y tú no tienes idea de lo fácil que te derribé! ¿Qué, se te cayó la vergüenza con el golpe?

El agente la había sujetado del codo con una mirada de reconvención.

—Por favor, deje de hablar.

—Eso mismo me dice mi abogado —sonrió ella.

Ya en la comisaría, Alejandra respondió las preguntas, entregó sus pertenencias y solicitó algo de comer. Cuando le informaron que permanecería detenida mientras se resolvía su situación, pidió una almohada.

—¿Tiene a alguien a quien podamos llamar? —preguntó un agente.

—Sí. A Sloan.

—¿Es su esposo?

Alejandra soltó una carcajada.

—¡Dios me libre! Es mi niñero designado.

—¿Su qué?

—Mi abogado. Se llama Sloan Davies. Es alto, usa lentes y tiene cara de estar decepcionado de la humanidad. Lo reconocerán enseguida.

El agente anotó el nombre.

—¿Quiere que lo llamemos ahora?

Alejandra miró el reloj y negó. Nop, el Superboy no iba a aceptar una llamada suya a aquella hora.

—Mejor llamen a mi padre. Él se encargará de despertar a Sloan. Es una tradición familiar.

Poco después, acomodó su chaqueta sobre la banca de la celda y se recostó.

—Oficial, ¿podría despertarme a las nueve? No quiero perderme el desayuno.

Después de aquello había cerrado los ojos. Su padre probablemente estaría furioso. Sloan también. Aunque, pensándolo bien, Sloan siempre parecía furioso cuando se trataba de ella.

Sonrió imaginándolo: Seguramente llegaría con uno de sus trajes impecables y aquella expresión de superioridad que tanto disfrutaba arruinar.

Alejandra se acomodó de lado y, pocos minutos después ya estaba dormida. No escuchó cuando uno de los agentes anunció que su abogado estaba en camino. Y tampoco imaginó que aquella noche sería el comienzo de un problema mucho más complicado que una nariz rota, porque Colt Whitmore no pensaba dejar las cosas así.

Pero eso lo comprobarían dos días después, cuando entró en una sala del tribunal de Manhattan acompañada por Sloan. Él parecía listo para incendiar el mundo, ella que llevaba un elegante traje color crema y una expresión de absoluto aburrimiento.

—Recuerda lo que hablamos —murmuró él.

—Que no debo golpear a nadie —masculló Alejandra con un suspiro.

—Eso debería ser una norma permanente, no una recomendación para esta mañana.

—Entonces, ¿qué hablamos?

—Que debes mantener la boca cerrada y dejarme responder —le advirtió él y Alejandra sonrió.

—¿Incluso si el juez pregunta algo?

—¡Especialmente si el juez pregunta algo!

—¿Y si pregunta mi nombre?

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