UVPO. CAPÍTULO 31. Un ataque de pánico
Durante las siguientes semanas, la situación empeoró considerablemente.
Alejandra continuó desempeñando su trabajo con una eficiencia impecable. Llegaba puntual, lo acompañaba a las reuniones y revisaba los protocolos de seguridad sin descuidar un solo detalle.
Sin embargo, en cuanto terminaba su jornada y dejaba a Sloan protegidito en su departamento… desaparecía. Y casi siempre lo hacía con Samuel.
Sloan descubrió aquella desagradable costumbre gracias a las redes sociales. La primera fotografía apareció un domingo: Alejandra montaba un caballo negro en un campo abierto. Llevaba botas, pantalones de montar y una sonrisa enorme. Samuel aparecía a su lado, sobre un caballo cobrizo.
“Domingo perfecto con la mejor compañera de aventuras”, decía la publicación.
Sloan la observó durante varios minutos. Después dejó el teléfono. Lo recogió treinta segundos más tarde y bloqueó mentalmente cualquier acceso a las redes que pudiera llevarle noticias.
Pero los bloqueos mentales no funcionan tan bien como los regulares, así que a la siguiente semana le aparecieron fotografías en un campo de tiro. Alejandra había ganado una competencia amistosa y Samuel sostenía una pequeña copa de plástico con expresión derrotada.
“Ironman volvió a perder”, escribió ella.
Sloan apretó la mandíbula.
—¿Es necesario que ese hombre participe en absolutamente todas sus actividades? —gruñó para sí mismo.
El siguiente fin de semana fue peor: Samuel publicó un video de ambos tomando clases de vuelo.
Alejandra aparecía en la cabina de una avioneta, escuchando las indicaciones de un instructor. Samuel estaba sentado detrás y hacía comentarios absurdos sobre la posibilidad de terminar aterrizando en Canadá.
Sloan reprodujo el video tres veces. Después llamó a Alejandra.
—¿Estás aprendiendo a pilotar?
—Ya sé pilotar, cariño. Estoy renovando práctica con un instructor.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —la interrogó él sorprendido.
—¿Necesitabas un piloto? —fue la única respuesta de la muchacha y Sloan no encontró una respuesta convincente.
—Solo preguntaba.
—Perfecto. Nos vemos mañana entonces. Descansa.
Y colgó. ¡Así que no! ¡No iba a descansar nada!
Entonces sin que nadie lo notara, quizás ni él mismo, aquello comenzó a convertirse en una obsesión para Sloan.
Cada vez que Alejandra sonreía mirando el teléfono, él se preguntaba qué le habría escrito Samuel. Cada vez que salía temprano, quería saber adónde iba. Y cada vez que veía una fotografía nueva, experimentaba la desagradable sensación de estar perdiéndose algo importante.
—¡Estás completamente distraído! —se quejó Tiffany uno de esos días.
—Tengo un caso nuevo, bastante complicado —trataba de explicar él, pero los que lo conocían bien, sabían que ningún caso lo había puesto jamás tan ensimismado.
Sus tíos también observaron que revisaba el teléfono con demasiada frecuencia. Incluso su secretaria le preguntó si esperaba noticias urgentes, pero Sloan solo respondió que estaba pendiente de un asunto de seguridad.
Lo cual, técnicamente, no era mentira: Alejandra era su guardaespaldas y él estaba extraordinariamente preocupado por su seguridad. Aunque las fotografías demostraran que se estaba divirtiendo muchísimo.


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