UVPO. CAPÍTULO 7. Un hombre condenado
—No… no, no, no, no, no, no, no… —fue lo único que salió de los labios de Sloan mientras su rostro se desencajaba, y el juez levantó la mirada con una expresión inocente que no le habrían creído ni sus pantuflas de conejo.
—¿Perdón? —replicó.
—Su Señoría, antes de que alguien tenga una idea terrible, deseo aclarar que no estoy disponible —sentenció Sloan que ya veía por dónde venía la avalancha y no quería quedarse enterrado en ella.
Alejandra, en cambio, sonrió de oreja a oreja y lo señaló como si lo estuviera presentando en un concurso de talentos.
—¡Sloan es mi adulto responsable, Su Señoría!
—¡No lo soy! —exclamó él.
—¡Claro que lo eres, desde hace quince años! —rio ella.
—¡Hace quince años no era adulto! —siseó Sloan.
—Pero desde que lo fuiste siempre has sido mi primo más… disponible. ¡Me has sacado dieciséis veces de la cárcel, no puedes negar eso!
—¡Porque las demás veces logré enterrarlas entre compensaciones económicas y favores debidos que me han costado canas antes de los treinta, Alejandra! ¿¡Quieres matarme del puto corazón!? —rugió Sloan poniéndose colorado hasta la raíz del cabello, y cuando se lo mesó con impotencia y se giró hacia el juez, vio algo peor que la cara de satisfacción de Alejandra: vio determinación.
El juez consultaba nuevamente el expediente, sin molestarse en amonestarlo por la grosería en su juzgado, porque aparentemente eso era poco para lo que ameritaba la situación.
—¿Dónde reside su familia, señorita Rivera?
—En California.
—Lo lamento, pero no puedo trasladar su jurisdicción allá. Tendrá que quedarse aquí —declaró con certeza—. ¿Tiene algún familiar cercano en Nueva York? ¿Alguna persona de confianza?
Alejandra miró a Sloan con ojos de corderito sacrificado antes de señalar a Sloan con ambas manos.
—¡Tengo un primo!
—¡Baja las manos! —ordenó el abogado—. ¡No somos primos!
—¡Claro que sí! ¿Quieres que llame al tío Richard a ver qué dice de eso? —lo amenazó Alejandra y Sloan apretó los puños con impotencia.
—Licenciado, ¿vive solo? —preguntó el juez sin dejarlo replicar o aquello se iba a convertir en un circo mayor del que ya lo era.
—Sí, Su Señoría. ¡Y deseo conservar ese privilegio! —advirtió Sloan.
—¿Tiene una residencia estable? —insistió el juez y él apretó los labios, peros sabía que no podía mentir.
—Sí.
—¿Empleo estable?
—Soy socio de un despacho de abogados. Al que estoy dispuesto a renunciar de inmediato si con eso me libro de eso… —murmuró.
El juez cerró la carpeta y se ajustó las gafas de lectura.
—Pues qué pena, no se va a librar, licenciado. Usted es lo más cercano a un candidato adecuado para supervisar a la señorita Rivera, así que la pondré bajo su tutela hasta nueva consideración.
Sloan se quedó mirándolo, horrorizado.
—Su Señoría, con todo respeto, creo que estamos confundiendo mis virtudes profesionales con una invitación al sufrimiento —balbuceó.
—¿Se niega a ayudarla? —preguntó el juez y Alejandra lo miró como si no pudiera creer que él estuviera dispuesto a abandonarla en su desgracia.
—¡Me niego a convertir mi apartamento en una extensión del sistema penitenciario! —exclamó Sloan.
Alejandra levantó la mano de inmediato como si estuviera frente a la bandera nacional.


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