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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 267

UVPO. CAPÍTULO 8. Bienvenida al infierno, cariño

Alejandra siempre había sospechado que Sloan necesitaba un poco de emoción en su vida. Lo que nunca imaginó fue que un juez le daría autorización para proporcionársela personalmente. Porque matarlo de un infarto también era provocarle una emoción.

Cuando llegó al lujoso edificio de Manhattan, bajó del automóvil y contempló satisfecha cómo los empleados descargaban sus pertenencias. Sloan, en cambio, observaba el equipaje con la expresión de un hombre que acababa de recibir cincuenta latigazos, ¡y no de los deliciosos!

—¿Piensas instalarte definitivamente? —preguntó azorado porque aquella cantidad e cosas no sabían en su departamento por grande que fuera.

—El juez dijo que mi tratamiento no tiene fecha de finalización —replicó Alejandra—. Podrían ser semanas, meses o años. ¿No es emocionante?

Sloan se quitó los lentes y se masajeó el puente de la nariz. Siempre se había encargado de mantener una distancia prudente con Alejandra, porque era loca, muy loca. ¿La quería? Mmmmmmm… no mucho, pero era familia, así que simplemente se había encargado de aparecer para salvar lo insalvable y luego desaparecía tan rápido como podía para tener el menor roce posible con loca

—Estoy arrepintiéndome de todas las decisiones que he tomado desde aquella primera llamada de tu padre hace cinco años.

—¡Uy, mi primer delito! —se emocionó ella—. Pero no seas dramático, cariño. Podría ser peor.

—¿Cómo, exactamente?

—Podríamos estar casados —señaló Alejandra y el horror que apareció en aquel sexy rostro masculino hizo que ella soltara una carcajada y subiera corriendo.

El apartamento era espectacular, por supuesto, era de un Davies después de todo. Tenía ventanales enormes, muebles elegantes y una decoración tan impecable que parecía preparada para una revista. Alejandra recorrió la sala preguntándose cuánto tardaría Sloan en sufrir un infarto si alguien movía uno de aquellos cojines.

—¿Aquí vive alguien o es una exposición? —preguntó de repente.

—Se llama “orden”, Alejandra.

—Qué concepto tan triste.

Sloan le mostró su habitación, un dormitorio espacioso con baño privado y vestidor, justo frente al suyo. Alejandra aprobó las instalaciones y comenzó a imaginar cómo acomodaría sus pertenencias, pero su entusiasmo disminuyó cuando él apareció con una carpeta.

—Tenemos que establecer algunas reglas.

Y ella podía reconocer perfectamente aquella expresión. Sloan la utilizaba desde niño, generalmente antes de explicarle por qué algo divertido estaba prohibido.

Se sentaron en la sala y él comenzó a enumerar las condiciones: nada de fiestas, nada de visitas inesperadas, nada de ruidos durante la madrugada ni actividades que pudieran destruir el mobiliario.

Ella escuchó con aparente atención, asintiendo solemnemente.

—Tengo una pregunta.

—Adelante.

—¿Está permitido respirar sin autorización o debo presentar una solicitud por escrito?

Sloan levantó lentamente la mirada.

—Preferiría que dejaras de hacerlo, pero lamentablemente no puedo exigirlo.

—¿Si me enfado contigo y dejo de respirar, cuenta como suicidio o como asesinado inducido por tu falta de flexibilidad?

—¡Alejandra! —vociferó él y ella sonrió, encantada.

—¡Wow, no soy la única que necesita terapia para la ira! ¿Verdad Superboy? —Ella le hizo un guiño y él empujó los documentos contra sus manos como si quisiera metérselos por la piel.

Por supuesto continuó explicando que las zonas comunes debían mantenerse ordenadas, que esperaba respeto por sus horarios y que necesitaba saber si ella planeaba pasar alguna noche fuera.

Aquello último consiguió que Alejandra se incorporara indignada.

—¿También tengo que pedir permiso para ir al baño? ¡Te comportas como un director de internado!

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