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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 285

UVPO. CAPÍTULO 26. Un momento inesperado

Sloan consiguió llegar a su apartamento sin cometer ninguna infracción de tránsito, lo cual consideró un milagro dadas las circunstancias.

Había dejado a Alejandra frente a su puerta, comprobado tres veces que tenía los medicamentos y exigido que lo llamara si sentía el menor dolor. Ella había terminado cerrándole la puerta en la cara, asegurándole que necesitaba dormir y que no pensaba morirse durante la noche.

Ahora, mientras dejaba las llaves sobre la mesa, Sloan descubrió que le temblaban las manos. Se quedó mirándolas. No había temblado durante el tiroteo. Ni cuando discutió con los policías, ni cuando exigió explicaciones a los médicos.

Pero ahora sí.

Porque Alejandra había recibido un disparo. Un maldito disparo. Y la imagen de aquella mancha roja extendiéndose por su espalda volvió a atravesarle la cabeza.

Sloan se sentó lentamente.

Hasta entonces había considerado las amenazas contra su vida como un riesgo profesional. Sabía que sus casos podían resultar peligrosos y había aceptado la necesidad de contratar protección.

Lo que jamás había considerado era la posibilidad de que Alejandra terminara pagando por ello.

—Tengo que despedirla… —murmuró para sí mismo.

Aquella conclusión parecía perfectamente lógica.

Contrataría a un equipo de profesionales, incluso a varios si fuera necesario. Alejandra podría continuar con sus terapias, sus actividades y su vida sin exponerse a hombres armados.

El problema era que tendría que comunicárselo. Y conocía demasiado bien a aquella mujer para imaginar que aceptaría tranquilamente.

—Va a matarme —murmuró también y después recordó la sangre—, siempre que no la maten primero.

Se levantó bruscamente. Acababa de dejarla a tres metros de distancia y aun así necesitaba comprobar cómo estaba. Gruñó una maldición y luego fue a tocar a su timbre con ansiedad.

Alejandra abrió la puerta de su apartamento vestida con unos pantalones cortos y una camiseta amplia.

—¿Sloan? ¿Qué sucede?

Él levantó una bolsa de farmacia.

—Vine a revisar tu herida.

—Literalmente me la acaban de revisar en el hospital.

—Eso fue hace dos horas… Y ya te cambiaste de ropa, hay que comprobar el vendaje.

—Puedo hacerlo sola —aseguró ella, pero Sloan pasó a su lado sin pedir permiso.

—Está en tu espalda, no es tan fácil.

—Tengo espejos y experiencia lastimándome. Recuerda que me he roto un montón de huesos…

Pero Sloan puso una banqueta alta frente a ella y la miró con cara de que no admitiría una discusión.

—Siéntate —ordenó y Alejandra lo contempló con una mezcla de diversión y cansancio.

—¿Siempre eres tan autoritario con tus clientes?

—No eres mi cliente ahora —replicó él.

—Entonces deja de darme órdenes —se rio Alejandra y Sloan se volvió hacia ella.

—Entonces diré “por favor”. ¿Por favor?

Aquellas dos palabras, pronunciadas con una seriedad poco habitual, consiguieron que la muchacha dejara de discutir.

—Está bien. Pero si me duele, te cobro.

Se sentó en el borde de la banqueta y comenzó a quitarse la camiseta con cuidado para no rozar el vendaje.

Sloan estaba sacando los materiales de la bolsa cuando levantó la mirada, y se quedó completamente mudo.

Alejandra llevaba un brasier de encaje negro. Su espalda estaba descubierta, salvo por el apósito que cubría la zona del omóplato. Tenía la cintura estrecha, los hombros delicadamente definidos y una piel ligeramente bronceada que parecía demasiado suave.

Sloan tragó saliva tratando de desviar la mirada. Conocía a Alejandra desde que era una niña. Habían compartido vacaciones, cumpleaños y suficientes reuniones familiares como para llenar varios álbumes de fotografías. Sin embargo, jamás la había mirado de aquella manera.

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