UCMPLP. CAPÍTULO 5. San Gian, patrono de las comparaciones
Savannah sintió una pequeña punzada de alerta, pero él se limitó a encogerse de hombros.
—Porque es evidente que no frecuentamos los mismos lugares —respondió, mientras Leo continuaba mirándolos con curiosidad.
—Literalmente acabamos de escapar del mismo lugar —replicó ella, arqueando una ceja y Gian soltó una risa breve.
—Tienes razón. La diferencia es que a mí me pagan por correr en un deportivo que no es mío y tú llegas en el de tu novio. ¿O me equivoco?
Y el ligero sarcasmo en sus palabras hizo que Savanna achicara los ojos y lo señalara con un índice acusador.
—Pues fíjate que por mí nadie habla —replicó volviéndose hacia el niño—. Claro que puedo venir a visitarte, Leo.
—¡Bien! —celebró el pequeño, dándole un beso.
El teléfono de Savanna sonó y ella trató de ponerse de pie, pero Gian fue más rápido y la levantó al instante.
—Yo te llevo —murmuró—. ¡Leo, a dormir!
Bajó con ella hasta el primer piso y no hizo ni un gesto de asombro por el sedán con chofer que la estaba esperando en el arcén. La sentó con cuidado en la parte trasera y le hizo un gesto de despedida. Cuando el auto arrancó, ella se quedó mirándolo sin poder evitarlo. La risa ya no estaba allí, el carácter “relajado” tampoco. En el tiempo en que se quedaba solo, sus propios problemas lo aplastaban, pero no dejaba que nadie lo viera.
El chofer la dejó en el campus y mientras subía hasta su dormitorio, Savannah descubrió que la herida en su pie no era tan grave como pensaba, dolía, pero podía caminar bien.
Así que a la mañana siguiente asistió a sus clases como si el mundo no se hubiera puesto de cabeza en menos de dos horas en la noche anterior. Todavía le costaba creer todo lo que había sucedido, especialmente la forma en que Mathias la había abandonado. Para las nueve de la mañana su teléfono estaba llenos de llamadas suyas que ella había ignorado porque necesitaba pensar, pero al salir de su última clase descubrió que él había decidido buscarla personalmente.
—¡Savannah!
La voz de Mathias resonó en cuanto ella salió del edificio, y Savannah lo miró sin llegar a sentir el dolor y la traición que esperaba. Solo sentía molestia.
Él llevaba la misma chaqueta que había usado durante la fiesta y sostenía un vaso de café.
—Llevo toda la mañana buscándote —anunció, acercándose con una sonrisa insegura—. No contestas mis llamadas.
Savannah lo miró sin responder. Había pasado buena parte de la noche recordando el momento en que Mathias le había soltado la mano.
—Tenemos que hablar —dijo finalmente.
—Claro que sí, amor — sonrió él intentando besarla, pero Savannah retrocedió—. Oye, ¿qué te pasa?
—¿De verdad necesitas preguntarlo? —siseó ella.
Mathias suspiró y se pasó una mano por el cabello.
—Savannah, lo de anoche fue una locura. Todo el mundo estaba corriendo, había disparos y apareció la policía. ¡Ni siquiera sabía dónde estabas!
Ella abrió los ojos, incrédula.
—Estaba agarrada de tu brazo, Mathias.
—¡Durante dos segundos! —replicó él, levantando las manos—. Después todo se volvió un caos.
—No se volvió un caos, tú me empujaste para poder escapar —le recordó Savannah, sintiendo que la indignación volvía a apoderarse de ella.
Mathias miró alrededor, incómodo al descubrir que algunos estudiantes comenzaban a prestarles atención.
—¿Podemos hablar sin montar un espectáculo? —murmuró, intentando tomarla del codo, pero Savannah apartó el brazo.
—Entonces deja de mentir.
—¡No estoy mintiendo! —protestó él, perdiendo la paciencia—. ¿Qué querías que hiciera? ¡Esos tipos tenían una pistola!

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