UVPO. CAPÍTULO 24. Un grito diferente.
Las puertas se cerraron y Sloan sintió que el corazón se le detenía.
—¡ALEJANDRA!
Golpeó el botón de apertura, pero ella había bloqueado el ascensor, que ya había comenzado a descender. A su lado, dos empleados del juzgado temblaban, abrazados contra una esquina.
Sloan apretó los puños con una impotencia que no podía ni medir. Había dejado a Alejandra arriba. Había permitido que lo empujara dentro de aquel maldito ascensor mientras ella se quedaba en un pasillo donde estaban disparando.
Cuando las puertas se abrieron en el nivel inferior, Sloan salió precipitadamente y se encontró con su cliente, a quien Samuel había conseguido evacuar por otra ruta.
—¡Señor Sloan! —exclamó el empresario—. ¡Tenemos que salir de aquí!
Sloan lo sujetó por el brazo y lo condujo hacia la salida de emergencia, donde varios agentes de seguridad estaban reuniendo a los evacuados.
—¡Ocúpense de él! ¡No permitan que salga de la zona protegida hasta que llegue la policía!
—¿Adónde va usted? —preguntó uno de los guardias, pero Sloan ya estaba regresando hacia las escaleras.
—¡A buscar a mi guardaespaldas!
—¡Señor, no puede subir!
El abogado intentó apartarlo.
—¡Quítese de mi camino!
—¡Hay un tirador activo!
—¡Y hay una mujer ahí arriba!
El guardia intentó detenerlo nuevamente, pero Sloan consiguió pasar cuando otros agentes acudieron a controlar la entrada. Subió las escaleras de dos en dos. Cada disparo que escuchaba le hacía imaginar lo peor: Alejandra cayendo, Alejandra herida, Alejandra sin volver a levantarse.
—¡Maldita sea, Alejandra! —murmuró, desesperado—. ¡No se te ocurra hacerme esto!
Cuando alcanzó el nivel superior, abrió la puerta de las escaleras apenas lo suficiente para mirar, y la vio.
Alejandra estaba agazapada detrás de una columna, a varios metros de distancia. Había conseguido mantenerse fuera de la línea directa de fuego, pero el acceso hacia las escaleras estaba completamente expuesto.
Samuel apareció en el extremo opuesto del corredor.
—¡Rivera! —gritó—. ¡Tenemos que sacarte de ahí!
—¡Hay un tirador cubriendo el pasillo! —siseó ella—. Estoy baja de municiones.
—¡Lo sé! ¡Voy a cerrar la puerta cortafuegos!
Sloan dio un paso hacia ellos.
—¡ALEJANDRA!
Ella giró la cabeza y la expresión de su rostro cambió instantáneamente.
—¡¿QUÉ DEMONIOS HACES AQUÍ?! ¡VUELVE ABAJO!
—¡VEN CONMIGO!
—¡SLOAN, RETROCEDE!
Y entonces ocurrió: un nuevo disparo impactó contra una superficie metálica del corredor. La bala rebotó y alcanzó a Alejandra por detrás, rozándole violentamente la zona del omóplato.
Ella soltó un grito ahogado y cayó sobre una rodilla. Y ese grito le paralizó el alma, le heló la sangre, detuvo cada segundo en un infierno que ninguna pesadilla podía describir. Sloan juraba que podía ver en cámara lenta cómo la tela de su blusa se rasgaba. Después apareció la sangre, mucha más de la que su cerebro estaba preparado para soportar.
—¡ALEJANDRA!
Intentó correr hacia ella, pero otro disparo golpeó la pared a pocos centímetros de la puerta, y Samuel reaccionó primero. Disparó su arma reglamentaria mientras los ojos de Alejandra se concentraban en Sloan.
—¡SI SALES YO MISMA TE MATO! —le gritó porque veía el instinto del abogado de correr hacia ella, pero eso no iba a salvar a nadie.
Afuera se escucharon las sirenas de la policía y dos minutos después se podía escuchar el retumbar pasos en el foso de la escalera. El guardaespaldas aprovechó la confusión y el instante en que se activó la puerta cortafuegos para cruzar hasta Alejandra. Se arrodilló junto a ella, la sujetó por la cintura y la ayudó a levantarse.

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