UVPO. CAPÍTULO 23. Celos, balas y otras desgracias
Sloan miró largo rato el pequeño dispositivo que solo parecía un botón, pero terminó alargando la mano, tomándolo y colgándoselo en el cuello, por debajo de la camisa de diseñador.
—Y yo que había pensado que estaba demasiado grandecito para un botón de pánico —murmuró.
—Pero solo para que lo sepas, no aplica para cuando tengas hambre. ¡Si tus dedos pueden moverse para pedir comida a domicilio, no me llames! —le advirtió ella con una sonrisa, pero para ese momento ya Sloan había descubierto que existía algo mucho peor que convivir con Alejandra Rivera: que Alejandra Rivera dejara de prestarle atención real.
Había cuidado, pero ni una insinuación sobre su vida sentimental. Ni un comentario acerca de sus trajes. Ni siquiera un miserable «Superboy».
Y ese fue el momento exacto en que comenzó a buscar excusas para molestarla.
—Tu nuevo departamento es demasiado grande para una persona que apenas llega a dormir —carraspeó un día mirando desde la puerta mientras le llevaba los documentos de sus terapias para que los firmara.
Una excusa, por supuesto, pero alguna tenía que buscar si ella no lo invitaba directamente.
—Ya sé, pero es perfecto para mi caos —replicó ella firmando sin protestar, y luego se quedó mirándolo como preguntándole qué hacía allí todavía.
—Sí… supongo que el mío recuperó la tranquilidad desde que te mudaste —masculló.
—Me alegro. Ahora solo desordeno mis propios cojines.
Sloan dejó la carpeta en la mesita del recibidor, deliberadamente alineada, convencido de que Alejandra aprovecharía para burlarse de su obsesión por el orden. Pero ella simplemente pestañeó con una sonrisa impenetrable y aquello ya fue intolerable.
Así que al siguiente viernes por la noche, cuando descubrió que Alejandra estaba entrenando en el gimnasio del edificio, tomó una decisión que habría considerado ridícula apenas unas semanas atrás: fue a buscarla.
La encontró boxeando, vestida con unos pantalones deportivos negros y una camiseta ajustada. Tenía el cabello recogido y escuchaba música mientras aniquilaba un saco de box.
—Buenas noches —saludó él.
Alejandra se quitó un auricular y frunció el ceño.
—Sloan… ¿Necesitas algo?
—Nop, solo vine a entrenar.
Ella miró sus pantalones deportivos, después sus zapatillas impecables. Nadie tenía que decirle que no las usaba mucho.
—Qué bien.
Sloan esperó algún comentario sarcástico, pero ese no llegó. Se acercó a una máquina y comenzó una serie. No era que nunca se ejercitara, era simplemente que jamás había sentido que lo necesitara, su cuerpo ya era bastante marcado por sí solo. Pero Alejandra continuó con su rutina sin prestarle demasiada atención.
Diez minutos después, Sloan estaba sudando. Veinte minutos después, comenzaba a cuestionar sus decisiones. Y a los treinta decidió quitarse la camiseta y limpiarse la frente con ella.
Alejandra, que estaba bebiendo agua, levantó la mirada justo cuando él se la pasaba por la cabeza. Casi se atragantó, había que decirlo. ¡Aquello era una e****a! ¡Una e****a monumental!
¿Desde cuándo Sloan tenía semejante cuerpo?
—La madre que lo parió. La gente pasa media vida en el gimnasio para conseguir tres abdominales y a él le salen gratis.
Había esperado encontrar a un abogado delgado que pasaba demasiadas horas sentado detrás de un escritorio. En cambio, descubrió unos hombros anchos, brazos definidos y un abdomen que parecía diseñado específicamente para arruinarle la estabilidad emocional.
Alejandra bajó lentamente la botella. Maldito desgraciado.
Sloan la miró de reojo y se acercó a buscar una toalla.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
—Pareces acalorada.
—Si no me acaloro haciendo ejercicio, es que no lo estoy haciendo bien.

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