UVPO. CAPÍTULO 22. Amenazas
Alejandra permaneció inmóvil. Había recibido amenazas antes. Muchas. Algunas incluso bastante creativas. Pero aquella era diferente. No estaban amenazándola por algo que hubiera hecho; la estaban utilizando para intimidar a Sloan.
Quizás porque la veían constantemente a su lado. Quizás porque suponían que una mujer joven era su punto débil. O porque habían interpretado mal la relación entre ambos.
Fuera cual fuera el motivo, alguien la estaba siguiendo.
—¿En serio? ¿Le mete la lengua hasta el esófago a la Tiffany en su despacho, y a la que amenazan es a mí? —rezongó—. ¡Definitivamente estoy en un mal cálculo de riesgo – beneficio!
Amplió una de las fotografías y examinó el ángulo desde el que había sido tomada. Después revisó las fechas y comparó los lugares. No parecía obra de un aficionado. Guardó copias de los mensajes en un archivo protegido y comenzó a elaborar una relación de los incidentes por si tenía que entregarlos a la policía.
Su primera reacción fue llamar a Sloan para avisarle. La segunda, recordar la expresión de Tiffany cuando le había reprochado que estaba demasiado cerca de su novio. Finalmente Alejandra dejó el teléfono sobre la mesa.
Si Sloan descubría que la estaban amenazando, probablemente intentaría apartarla del trabajo. Quizás incluso insistiría en que abandonara el caso, la relación de protección se invertiría, y ella no estaba dispuesta a dejarlo desprotegido.
Así que de momento decidió no decirle nada. Investigaría primero de dónde procedían aquellas fotografías y reforzaría las medidas de seguridad. Era una decisión discutible, pero Alejandra no tenía intención de convertirse nuevamente en una carga que la rubia de bote pudiera señalar.
Aquella noche, cuando salieron del bufete, Sloan parecía particularmente malhumorado. Alejandra abrió la puerta del automóvil y esperó a que entrara. Después ocupó el asiento del conductor y comenzó el trayecto hacia Manhattan.
Habían recorrido varias calles cuando él cerró bruscamente la carpeta que estaba revisando.
—¿Vas a seguir haciendo esto? —preguntó tan de repente que cualquiera en su lugar se habría sobresaltado.
Alejandra lo observó por el espejo retrovisor.
—¿Haciendo qué?
—Evitándome.
Ella arqueó las cejas con un genuino gesto de incomprensión.
—Estoy conduciendo tu automóvil, Sloan. Literalmente te llevo a casa. ¿Cómo se supone que estoy evitándote?
Él se quedó callado. Y en ese momento lo entendió: no había sido la respuesta lo que le había llamado la atención; había sido su nombre.
“Sloan”.
Ni «niñero», ni «Superboy», ni alguno de los sobrenombres ridículos con los que llevaba atormentándolo desde que eran niños. Simplemente Sloan.
—Antes no me llamabas así —comentó él y la vio sonreír sin esfuerzo.
—Es tu nombre.
—Lo sé.
—¿Entonces cuál es el problema? Ya me has dicho un montón de veces que odias que te llame de otra forma.
—Y nunca me habías hecho caso hasta ahora —replicó él achicando los ojos.

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