UVPO. CAPÍTULO 21. Un silencio irritante
Alejandra cerró la puerta de su nuevo apartamento y dejó la maleta junto al sofá. Durante varios segundos permaneció inmóvil, contemplando aquella sala perfectamente amueblada que había alquilado sin molestarse siquiera en visitar.
Era bonita. Espaciosa, luminosa y tenía una vista magnífica de Manhattan. También le resultaba insoportablemente triste.
—Maravilloso —murmuró—. Ahora tengo dos departamentos donde sentirme como una idiota.
Se quitó los zapatos y caminó hasta los ventanales. Estaba furiosa, aunque no conseguía determinar exactamente con quién. Tiffany había sido desagradable, pero tenía derecho a sentirse incómoda. Sloan no había hecho nada malo al tener novia. Y ella, desde luego, no tenía ningún derecho a molestarse por aquello.
Entonces, ¿por qué le daban ganas de romper algo cada vez que recordaba a aquella mujer sentada sobre sus piernas?
Alejandra apretó los labios. Lo peor no había sido descubrir que Sloan tenía novia. Lo peor había sido descubrirlo de aquella manera, después de pasar días compartiendo su apartamento, sus horarios y prácticamente cada minuto del día.
Ni siquiera se lo había mencionado. Quizás porque no lo consideraba importante. O quizás porque ella tampoco lo era como para recibir esa información. Y aquella última posibilidad le resultó tan desagradable que decidió dejar de pensar.
Sacó el teléfono y revisó la resolución judicial. El período de supervisión se había concretado en seis meses sin nuevos incidentes, sujeto a las revisiones correspondientes. Después podría solicitar el levantamiento de las medidas. Faltaban cinco meses.
Alejandra contempló el calendario.
—Puedo soportar cinco meses —se dijo.
Lo que no sabía era si podría soportarlos viendo a Sloan todos los días, aunque conscientemente todavía esa no fuera una pregunta.
A la mañana siguiente lo esperaba junto al automóvil a las siete en punto. Llevaba un traje negro, el cabello recogido y una tableta con los compromisos de la jornada.
—Buenos días, Sloan.
Él se detuvo brevemente, como quien intuye que algo va mal pero no sabe exactamente qué.
—Buenos días.
Alejandra abrió la puerta trasera.
—Tenemos una reunión a las nueve y una audiencia a las once. Revisé la ruta y no hay incidencias importantes. Tampoco te han amenazado de muerte últimamente, así que tiene cara de que será un día tranquilo.
Sloan la observó con extrañeza.
—¿Desayunaste? —fue su primera pregunta, pero Alejandra no se la tomó como una gran revelación.
—Me atasqué de croissant con chocolate caliente. Debo tener el azúcar por el techo. ¡Mejor! ¡Más energía! —exclamó ella y el hecho de que hablara hasta por los codos, igual que siempre, no consiguió tranquilizarlo.
—¿Todo bien?
—Eso creo, si cambia te grito —respondió ella con la misma naturalidad de siempre.
Esta vez, durante el trayecto, Sloan no hizo ningún comentario sobre su manera de conducir. Y ella no mencionó su corbata o la necesidad urgente de conseguirle una personalidad menos aburrida.
Sloan consiguió revisar tres documentos completos sin una sola interrupción. Debería haber estado encantado con eso, silencio, paz… ¿y adivinen? No lo estaba.


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