UVPO. CAPÍTULO 20. Una mujer razonable
Alejandra le sirvió café, tomó una tostada y comenzó a revisar los compromisos del día en su teléfono. Durante el trayecto al bufete se comportó con absoluta normalidad. Revisó el vehículo, comprobó la ruta y le recordó una reunión que había olvidado.
Sloan, sin embargo, pasó toda la mañana esperando alguna reacción, pero no llegó ninguna.
Alejandra saludó a los empleados, ayudó a una secretaria con unos documentos y permaneció discretamente en las reuniones. No hizo comentarios sobre Tiffany, no se burló de él y ni siquiera aprovechó una oportunidad perfecta para llamarlo aburrido. Aquella tranquilidad comenzó a resultarle a Sloan insoportable.
Por la tarde tuvieron que acudir al juzgado para una audiencia relacionada con uno de sus casos más importantes. Al salir del edificio, varios periodistas los esperaban junto a las escaleras. El procedimiento había despertado considerable interés público y todos querían declaraciones del abogado.
—¡Licenciado Davies! ¿Es cierto que su cliente está negociando un acuerdo? —gritó uno.
—¡¿Puede confirmar las acusaciones de agresión contra el señor Morton?! —preguntó otro.
—¡Una declaración, por favor!
Los reporteros avanzaron simultáneamente, cerrándoles el paso y Alejandra reaccionó de inmediato.
—Por favor, mantengan la distancia. El Licenciado Davies no hará declaraciones.
Se colocó delante de él y comenzó a abrirles camino sin empujar a nadie, pero en ese momento uno de los camarógrafos retrocedió bruscamente para conseguir un mejor ángulo y la golpeó con el equipo en el rostro de revés.
El impacto fue seco, con un crac de algo que se rompía en el equipo. Sloan lo escuchó perfectamente.
—¡Alejandra! —exclamó girando hacia ella, pero la muchacha apenas retrocedió un paso.
Se llevó una mano a la mejilla, comprobó que el hilo de sangre era muy fino y continuó guiándolo hacia el automóvil.
—Todo bien. Sigamos.
—¡Te golpearon!
—Fue accidental —replicó ella—. Al pobre hombre se le acaba de joder una cámara de treinta mil dólares.
—Déjame ver…
—No hace falta, Sloan —aseguró ella, y si no hubiera estado tan preocupado, se habría dado cuenta de que esa era la primera vez que Alejandra lo llamaba por su nombre en lugar de todos esos apodos insoportables que usaba siempre.
Pero en ese momento el abogado tenía una mezcla de culpa con molestia, y solo le prestó atención a que ella estuviera bien. Alejandra lo acompañó hasta el vehículo, abrió la puerta y esperó a que entrara. Solo entonces ocupó el asiento del conductor.
Durante el trayecto, Sloan observó la marca rojiza que comenzaba a aparecerle cerca del pómulo, justo alrededor del corte.
—Deberías ponerte hielo.
—Lo haré después.
—Alejandra, no tienes que soportar que te golpeen por protegerme —sentenció él y ella lo miró brevemente a través del espejo retrovisor, levantando una ceja como si lo escuchara decir una incoherencia.
—Literalmente, esa es la descripción del trabajo —replicó con una sonrisa condescendiente—. Y nadie me golpeó intencionalmente. Solo fue un accidente desafortunado. Tengo el cuero duro, sobreviviré.
Sloan guardó silencio. No comprendía por qué aquella respuesta lo hizo sentirse peor.
Cuando llegaron al apartamento, Alejandra se dirigió directamente a su habitación. Sloan dejó el maletín en el despacho y fue a buscar una bolsa de hielo y un botiquín, pero en cuanto se asomó a la puerta de su cuarto vio que ella se había puesto una vendita adhesiva simple y estaba cerrando una maleta que ya lista.
Su cuerpo se detuvo antes de que su cabeza se lo ordenara, y frunció el ceño con incomprensión.
—¿Qué haces…?
—Me mudo —respondió ella con tanta naturalidad que Sloan contempló el equipaje como si no pudiera entender el idioma.

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