UVPO. CAPÍTULO 18. Una sorpresa desagradable
Sloan la contempló unos segundos, porque mientras él creía que estaba complemente ausente, ella había estado vigilando cada movimiento, precisamente porque cuando se hacía la distraída, nadie se fijaba en lo que hacía.
Cada día resultaba más difícil seguir considerándola una irresponsable, y la verdadera prueba para sus nervios llegó cuando tuvo que presentarse nuevamente ante el tribunal. Sloan estaba defendiendo a un cliente en un procedimiento mercantil. Alejandra lo acompañó hasta la sala y planeaba ocupar discretamente un asiento reservado al público, pero el juez levantó la mirada de los documentos y se quedó inmóvil al reconocerla.
—¡Señorita Rivera!
Alejandra sonrió con una expresión rígida.
—¡Su Señoría! ¡Qué gusto volver a verlo!
El magistrado cerró los ojos durante un segundo, casi sudando frío.
—¿Qué hizo esta vez?
—¡Nada! Ahora soy guardaespaldas —aseguró ella enseñándole su credencial y el juez miró a Sloan como si se hubiera vuelto loco.
—¿Guardaespaldas? —le reclamó y este se encogió de hombros.
—Pasó las pruebas, Su Señoría —confirmó el abogado—. ¡Incluso la psicológica!... ni yo sé cómo pasó, el caso es que ahora está trabajando como mi escolta personal.
El magistrado dejó escapar un suspiro tan profundo que varios asistentes tuvieron que disimular una sonrisa.
—Señorita Rivera, ¿eso significa que hoy no está aquí por una agresión?
—¡Exactamente! Hoy estoy del lado de los que intentan evitarla —exclamó ella con emoción.
—Procure que siga siendo así.
—Haré lo posible.
El juez la observó unos segundos más y finalmente le permitió permanecer en la sala.
Durante toda la audiencia, Alejandra se mantuvo en silencio. No interrumpió, no hizo comentarios y ni siquiera reaccionó cuando uno de los abogados contrarios levantó la voz. Sloan pudo concentrarse completamente en la defensa de su cliente, y al terminar, mientras descendían las escaleras del tribunal, Alejandra se acercó a él con una sonrisa.
—¿Quieres hacer algo divertido conmigo? —preguntó y él la miró con desconfianza.
—Define “divertido”.
—Pues no sé, algo. Siempre estás trabajando, pero acabas de cerrar este caso, el fin de semana es libre y tú necesitas recordar que también eres un ser humano común —murmuró ella abriéndole la puerta del auto y sentándose al volante—. ¡Podríamos lanzarnos en paracaídas!
Él levantó la cabeza con una mueca suave, como si se preguntara en qué mundo la gente común se lanzaba en paracaídas.
—Creo que paso.
—¡¿Por qué?! —preguntó Ale con un puchero—. ¡Tengo certificación experta! Podemos hacer un salto precioso. Te encantaría.
—Alejandra, no pienso arrojarme de un avión en movimiento —aseguró Sloan con una sonrisa ligera, pero bastante determinada.
—¡Pero si es maravilloso! El paisaje, el viento, la adrenalina...
—Me gustan los aviones cuando permanezco dentro de ellos —negó de nuevo y ella soltó una carcajada.
—¡Eres terriblemente aburrido, Superboy! ¡No lo entiendo, para mí siempre fuiste el superhéroe de todos mis primos! —confesó sin pensarlo—. ¿Cómo es que te has vuelto un adulto tan poco heroico?

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