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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 276

UVPO. CAPÍTULO 17. La guardaespaldas favorita de todos

Sloan la contempló con desconfianza mientras Alejandra le habría la puerta del coche con absoluta deferencia. No era que no creyera en su capacidad, esa ya estaba demostrada, pero en cuanto a aquella amabilidad…

—¿Qué haces?

—Mi trabajo. Suba, por favor.

—Alejandra, tengo conductor.

—Ahora tienes guardaespaldas. Y hoy conduzco yo —replicó ella—. Además, ya me vestí para la ocasión, no me puedes despreciar.

Alejandra dio una vuelta sobre sí misma y Sloan contuvo el aliento. No la estaba mirando, no la estaba mirando. Era la ropa… sí, era la ropa… la ropa nueva era bonita…

—Ya me quiero ir —gruñó y ella señaló la puerta del auto que ya estaba abierta.

—Sube a tu carruaje, Superboy. No voy a dejar que llegues tarde a tu propia oficina.

Él miró el asiento trasero, después a la mujer que había conseguido aprobar todas aquellas pruebas y finalmente al cielo, como si esperara alguna intervención divina. No llegó ninguna.

Con un suspiro resignado, entró en el automóvil. Alejandra cerró la puerta, rodeó el vehículo y ocupó el asiento del conductor.

—¿Listo para nuestro primer día juntos?

Sloan se abrochó el cinturón y se persignó con dramatismo.

—Tengo la sensación de que voy a arrepentirme de esto. Que diosito me ayude.

Ella encendió el motor y sonrió a través del espejo retrovisor.

—¿Diosito? Cielo, eres abogado, tienes el infierno garantizado por plantilla. —lo provocó—. Pero tranquilo, hoy yo soy tu niñera. Tu vida está en mis manos y te aseguro que la voy a cuidar.

Sloan cerró los ojos. Precisamente eso era lo que más miedo le daba. Sin embargo, pronto descubrió algo maravilloso y sorprendente durante los primeros días de Alejandra como guardaespaldas: cuando trabajaba, no discutía con él.

Era un fenómeno tan extraordinario que al principio sospechó que estaba enferma. Alejandra llegaba puntual, revisaba el vehículo antes de cada desplazamiento, comprobaba las entradas de los edificios y permanecía cerca sin interrumpir sus conversaciones profesionales. Incluso había dejado de llamarlo «Superboy» delante de los clientes.

Lo verdaderamente desconcertante era que, mientras Sloan continuaba preguntándose cómo había terminado contratándola, todos los empleados del bufete parecían haberse enamorado de ella de un día para el otro.

—¡Buenos días, señorita Rivera! —saludó la recepcionista cuando llegaron aquella mañana, tres días después.

—¡Buenos días, cariño! ¿Cómo sigue tu hijo?

—Muchísimo mejor. Ya no tiene fiebre.

—Me alegro. Dile que no se preocupe por el dinosaurio que perdió. Le conseguí uno igual.

La mujer abrió los ojos con sorpresa y ternura al mismo tiempo.

—¿De verdad?

Alejandra sacó una pequeña bolsa del automóvil y se la entregó.

Sloan observó la escena en silencio. Ni siquiera sabía que la recepcionista tenía un hijo, mucho menos que estuviera enfermo.

Se dijo que ella tenía tiempo de conocer a la gente, que seguro no hacía nada en todo el día… pero eso tampoco tenía sentido, porque Alejandra pocas veces salía de su vista últimamente. Lo acompañaba a los juzgados, a las reuniones importantes, a las salidas con socios… ¿En qué tiempo se enteraba de lo que pasaba en la vida de sus empleados?

Pues saber no sabía, pero definitivamente lo lograba, porque en cuanto llegaron al piso del bufete, una empleada del departamento contable se acercó a saludarlos.

—¡Alejandra…! —la saludó, haciendo un puchero cuando la muchacha le tendió una taza—. ¿Me trajiste café?

—Por supuesto. Descafeinado y sin saborizante de almendras. No quiero que termines en urgencias por una alergia.

La mujer le dio las gracias con efusión y continuó su camino.

Sloan frunció el ceño.

—¿Cómo sabes que es alérgica a las almendras? —preguntó con genuina curiosidad.

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