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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 274

UVPO. CAPÍTULO 15. Una chica subestimada

Sloan se quedó mudo, porque nada de eso había salido en la proyección original, pero era evidente que los instructores planeaban ponerla a prueba de la peor forma posible. En ese instante, una camioneta apareció frente al automóvil de Alejandra y bloqueó la calle. Otro vehículo se colocó detrás, impidiendo retroceder.

Sloan se incorporó pasando saliva.

—Está encerrada…

—Ese es el ejercicio.

En la pantalla, Alejandra observó los obstáculos durante apenas un segundo. Después giró el volante, aprovechó un espacio lateral y ejecutó una maniobra precisa que le permitió salir de la encerrona sin tocar ninguno de los vehículos.

El automóvil tomó una calle estrecha y otra camioneta apareció por la derecha. Solo entonces escuchó los primeros disparos, pero no se molestó en sorprenderse. Redujo la velocidad, cambió de trayectoria y utilizó una salida de servicio que había identificado previamente en el plano.

—¡Eso no estaba en la ruta principal! —exclamó Sloan.

—Exactamente —respondió el coordinador—. Está utilizando su alternativa.

El vehículo atravesó una sucesión de curvas cerradas. Alejandra mantuvo el control incluso cuando un automóvil intentó cerrarle el paso en una intersección. Frenó, dejó que el obstáculo avanzara y salió por el espacio que había quedado libre.

Sloan tenía ambas manos apoyadas sobre la mesa. No sabía si estaba preocupado por la seguridad del instructor o impresionado por la extraordinaria precisión de aquella mujer. Los disparos no dejaban de sonar por todos lados, pero la cara de Alejandra en la cámara del tablero no tenía ni un solo gesto de miedo o preocupación, solo de una concentración extrema.

Finalmente llegó al punto de extracción, estacionó en la zona protegida y apagó el motor. El instructor de la prueba descendió completamente ileso, y en la sala de control se escucharon varios comentarios de aprobación.

—Tiempo excelente —anunció el coordinador—. Ninguna colisión, ninguna penalización y cliente evacuado con éxito.

Sloan contempló la pantalla.

—¿Dónde aprendió a conducir así…? —murmuró hablando consigo mismo.

—Eso tendrá que preguntárselo a ella —rio el coordinador antes de redactar su informe y entregárselo a los instructores correspondientes.

Cuando Alejandra regresó, encontró al abogado esperándola junto a la entrada.

—¿Qué tal estuve?

—Conduces como una delincuente profesional —masculló Sloan.

—Pero una delincuente profesional que acaba de salvar a su cliente imaginario —replicó Alejandra chasqueando los dedos y Sloan suspiró.

—Empiezo a sospechar que tu padre olvidó contarme algunas cosas sobre tu educación.

—Muchísimas. Papá siempre decía que una mujer debía saber defenderse sola —aseguró ella—. Además, no podía regalarme coches deportivos que suben de doscientos kilómetros por hora sin asegurarse de que no me matara estrellándolos.

Sloan arrugó el entrecejo y suspiró.

—Tu padre tiene una interpretación bastante particular de la crianza.

Alejandra se rio y lo tomó del brazo.

—Vamos, Superboy. Todavía faltan otras pruebas.

Sloan la siguió hasta una zona separada del complejo, donde varios instructores preparaban equipos de protección auditiva y blancos de entrenamiento. Al reconocer las instalaciones, se detuvo.

Aquello era un campo de tiro en toda regla, y por alguna razón, el cerebro de Sloan había decidido olvidar que los guardaespaldas portaban armas de fuego. ¡Ah, sí, quizás porque imaginar a Alejandra con un arma era como invocar a un demonio antes del desayuno!

Un instructor se acercó, comprobó la identificación de la candidata y le indicó que ocupara su puesto. Después colocó sobre la mesa una pistola de entrenamiento destinada a la evaluación de tiro.

Alejandra la observó con absoluta naturalidad; y Sloan, en cambio, sintió que el estómago se le encogía.

Había visto a aquella mujer incapacitar a tres hombres, obtener una puntuación perfecta en legislación, superar una evaluación psicológica y conducir como si hubiera nacido al volante. Pero nada de eso lo había preparado para verla recibir un arma. El instructor le entregó las gafas de protección y le indicó un puesto.

—Señorita Rivera, vamos a comprobar su precisión y manejo seguro.

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