UVPO CAPÍTULO 12. Una chica con problemas gratis
Sloan había cometido muchos errores desde que aceptó hacerse responsable de Alejandra, pero ninguno tan grave como permitirle revisar los archivos del bufete.
Después del incidente con Morton y sus acompañantes, Sloan había empezado a sospechar que mantenerla ocupada era una cuestión de supervivencia. Por eso terminó llevándola al archivo. Ni siquiera sabía qué quería, solo que si estaba allí, no estaría en otro lugar golpeando gente.
—Gracias, Superboy, ya te puedes ir —sonrió ella y se paró frente a la primera estantería con las manos en la cintura.
Sloan regresó a su despacho, convencido de que había encontrado una solución temporal a sus problemas… ¡Obviamente se equivocaba!
Durante la siguiente hora, Alejandra revisó la correspondencia archivada. Al principio encontró solicitudes de clientes, notificaciones judiciales y publicidad. Después aparecieron los mensajes desagradables.
El primero decía que Sloan terminaría arrepintiéndose de haber aceptado cierto caso.
El segundo mencionaba su automóvil.
El tercero incluía una fotografía de la entrada de su edificio.
Alejandra dejó de sonreír. Eso era lo que estaba buscando, simplemente no había esperado encontrar tanto. Si Sloan Davies seguía vivo era de puro milagro.
Continuó revisando y encontró docenas de amenazas, algunas tan absurdas que parecían escritas por adolescentes enfurecidos y otras demasiado específicas para considerarlas simples insultos.
Varias estaban firmadas por personas relacionadas con Morton, un empresario contra cuyos intereses Sloan había emprendido acciones legales. Las amenazas se habían repetido durante semanas, pero alguien las había clasificado como correspondencia irrelevante.
—O tu gente está filtrando mal, o te gana la arrogancia, Superboy. ¿Cuál va a ser? —murmuró para sí misma.
Alejandra abrió una carpeta con los casos activos del bufete y comenzó a relacionar nombres. No tardó en comprender que Sloan estaba enfrentándose a personas extraordinariamente poderosas. Empresarios investigados por fraude, ejecutivos acusados de corrupción y hombres que podían perder fortunas si sus clientes conseguían ganar.
Personas acostumbradas a resolver sus problemas utilizando dinero, influencias y, posiblemente, métodos menos elegantes.
Cuando Sloan regresó, la encontró rodeada de documentos y con cara de que lamentaba no poder pegarles.
—¿Qué estás haciendo?
—Descubriendo que tienes un talento extraordinario para hacer enemigos.
Él se acercó y por un segundo suspiró con cansancio.
—Alejandra, esos expedientes son confidenciales…
—Y estas amenazas son bastante explícitas.
Sloan reconoció inmediatamente uno de los mensajes.
—Eso lo recibimos hace semanas —recordó.
—¿Y qué hicieron?
—Lo remitimos al departamento correspondiente —declaró él.
—¿Al departamento de «esperemos que no nos maten»?
—No exageres.
Alejandra lanzó sobre el escritorio seis amenazas más del mismo destinatario que habían llegado después de esa, todas al parecer remitidas al mismo departamento que no resolvía nada.
—Aquí alguien describe tus horarios. Aquí mencionan tu automóvil. Y este individuo sabe dónde vives. Esa es la dirección de tu departamento ¿no?
Sloan frunció el ceño.
—No había visto estas…
—Alguien cometió el error de no preocuparse por el destinatario. Y lo mismo pasó con Morton, ese tipo lleva semanas escribiéndote y alguien decidió ignorarlo —respondió Alejandra.
Sloan leyó las amenazas y apretó los puños. Era evidente que Morton las había cumplido.

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