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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 269

UVPO. CAPÍTULO 10. La violencia también es un talento

La terapeuta anotó algo mientras Alejandra respiraba hondo.

—Debemos trabajar en distinguir entre defenderte, proteger a otros y recurrir innecesariamente a la violencia.

—Conozco perfectamente la diferencia.

—Sin embargo, tienes dieciséis detenciones.

—Y ninguna por golpear a una persona agradable —replicó Alejandra—. ¿Quiere que le ahorre terapia? Es simple: soy una mujer entrenada, pero como no lo parezco, los hombres creen que pueden propasarse o intimidarme. Mi padre es un peleador invicto de jaulas clandestinas, así que sé muy bien la diferencia entre defensa y violencia. Puedo romper un cuello con la misma facilidad con que otras mujeres eligen joyas, y aun así ninguna de mis supuestas víctimas ha pasado de lesiones menores. Así que sé hacer un uso correcto de mi fuerza, lo que no sé es mirar hacia otro lado cuando veo una injusticia.

La doctora se cruzó de brazos y para cuando la sesión terminó, era ella la que estaba pensativa.

—OK, entiendo que ves tu capacidad para la violencia como un talento… pero un talento sin propósito no sirve —replicó—. Si no tienes autorización para ejercerla cuando crees que es necesaria… ¿qué tal si te consigues la autorización?

¡Y esa era una excelente pregunta! Alejandra lo supo porque siguió ahí en su cabeza por mucho tiempo después de salir del consultorio, y mientras se dirigía al edificio de oficinas de Sheffield & Lieberman, para reportarse con Sloan. Había cumplido con su obligación judicial y consideraba que merecía algún entretenimiento.

La recepcionista del despacho reconoció a Alejandra inmediatamente. No era extraño: llevaba años apareciendo por aquellas oficinas para buscar a Sloan, interrumpir sus reuniones o simplemente molestarlo cuando estaba aburrida. La joven levantó la mirada de su computadora y le dedicó una sonrisa.

—Buenos días, señorita Rivera. El señor Sloan está terminando una reunión.

—Perfecto. Así tengo tiempo de robarle algo de comer.

Alejandra se acercó al mostrador y tomó uno de los caramelos que había en un recipiente de cristal. En ese momento, la puerta del despacho principal se abrió y Sloan apareció acompañando a un cliente.

Llevaba un traje gris impecable, los lentes ligeramente bajos y aquella expresión de concentración que Alejandra disfrutaba interrumpir.

—¡Buenos días, Superboy!

Sloan despidió al cliente con un apretón de manos y se acercó a ella, observándola como si acabara de encontrar una multa de tráfico sobre el parabrisas.

—¿Por qué no estás haciendo algo productivo?

—Ya fui a terapia. Tengo el resto del día libre. Es lo malo de ser rica.

—Eso no significa que debas venir a interrumpirme. Yo también soy rico y trabajo —replicó él.

—Tú eres un bicho raro. Además, eres mi querido tutor legal, ¿recuerdas? Se supone que tengo que venir a informarte de que cumplo con mis terapias. ¿Así tratas a todos tus clientes?

—Tú no eres mi cliente. Eres mi mayor fuente de dolores de cabeza —gruñó él.

Pero mientras Sloan empezaba con su lista de protestas y sufrimientos, Alejandra se llevó una paleta de fresa a la boca mirando alrededor. Una parte de ella parecía fastidiada, la otra estaba solo uniendo los puntos entre las caras de los tres hombres que acababan de salir del ascensor y el paso rápido con el que avanzaban.

Conocía aquellas posturas… lo que fuera que venía, sabía cómo iba a terminar. Se sacó la paleta de la boca y la metió en la de Sloan, callándolo.

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