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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 268

UVPO. CAPÍTULO 9. Una vieja fotografía

Sloan la miró como si estuviera haciendo una broma.

—Una de dos, o pediste al mejor restaurante de la ciudad, o yo estoy viviendo en una dimensión alternativa, porque no hay forma humana en que alguien como tú pueda hacer algo que huela a eso.

Y sí, olía a cielo, pero Alejandra no se ofendió, solo suspiró con resignación.

—Honestamente, no sé qué tiene que ver mi exceso de actividad física…

—Violencia —la corrigió Sloan.

—…con mi capacidad para cocinar —terminó ella—. Pero si tanto te preocupa hagamos esto, yo puse la comida, tú lavas los platos.

—¿Quieres decir tirar los envases desechables de lo que pediste? —se burló él, pero Ale no respondió, solo le señaló la mesa, que realmente estaba llena de comida deliciosa y por primera vez en el día, Sloan olvidó por completo que estaba odiándola con todas sus fuerzas.

La carne estaba tan buena que terminó tragando como cavernícola, y solo se quejó la vez que Alejandra estuvo a punto de manchar el mantel. Al final, la conversación terminó derivando hacia su infancia, como ocurría siempre que pasaban demasiado tiempo juntos.

—Eras el niño más aburrido del planeta —recordó Alejandra—. Mientras todos jugábamos, tú organizabas tus lápices.

—Alguien tenía que comportarse como una persona civilizada.

—¡Tenías ocho años! —lo acusó ella.

—Y tú destruías mis juguetes, interrumpías mis estudios y conseguías involucrarme en problemas que después debía resolver.

Alejandra recordó con cariño aquellos veranos compartidos. Sus familias habían sido tan cercanas que habían crecido prácticamente como primos, aunque sus personalidades nunca habían conseguido llevarse bien. Sloan era metódico, responsable y convencido de que siempre tenía razón. Ella prefería improvisar y descubrir las consecuencias después. Él era el que pedía permiso. Ella era la que pedía perdón.

—No siempre te metía en problemas —protestó Alejandra con la boca llena—. Una vez le rompí la nariz a un muchacho que te estaba molestando.

Sloan dejó los palillos sobre la mesa.

—Lo recuerdo perfectamente. También recuerdo que después tuve que explicarles a tres adultos por qué había sangre en la piscina —replicó él.

—¡Ese idiota te estaba empujando!

—Podrías haber avisado a un adulto.

—No había uno cerca. ¡Y tú estabas ocupado explicándole al idiota que su comportamiento era inaceptable!

Sloan apretó los labios, intentando no ahorcarla con una servilleta.

—Alejandra, tenías diez años y ya eras una amenaza pública.

—Y tú eras un intento de adolescente insoportable que prefería recibir golpes antes que ensuciarse la ropa —se burló ella.

Si hubiera sido solo un poco menos profesional le habría sacado la lengua, pero estaba demasiado ocupado tragando. Si hubiera sabido la verdad no lo hubiera hecho tan a gusto, pero una hora después, después de un flamante tiramisú, Alejandra se levantó y se estiró como una gata con sueño.

—Listo, mi parte está cumplida, ya te alimenté, tú lavas los platos.

Sloan no protestó, pero desde el mismo instante en que entró en la cocina, entendió que Alejandra le había dicho la verdad. ¡Ella sí había cocinado! Lo sabía por el volcán en erupción que había dejado atrás. La cocina parecía una trinchera bombardeada, cazuelas sucias por todos lados, manchas desde el suelo hasta el techo, y cada centímetro cubierto de harina, restos de masa o salsa.

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