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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 134

30 DÍAS... CAPÍTULO 10. Una mujer acostumbrada a ser fuerte

Ángel estaba inmóvil frente a Allison, con la mandíbula tan apretada que parecía dolerle, mientras negaba furiosamente con la cabeza.

—No… No, dije que no. No voy a golpearte.

Pero solo la escuchó soltar una risa amarga.

—Sí, lo harás. Porque sé perfectamente lo que quieres lograr —siseó y él pasó saliva, esperando—. Todos estos documentos que me has hecho revisar, son para hundir al hombre que te puso aquí. ¿No es cierto? Lo entendí desde que empecé a revisarlos. Tú quieres destruirlo, y él quiere destruirme a mí, porque te hizo secuestrarme. Así que ahora yo también quiero destruirlo. Entonces… parece que tú y yo tenemos el mismo objetivo.

—¡Aunque lo tengamos, Allison! ¡Eso no justifica que te…!

—¡Claro que no! ¡Y nada justifica un secuestro! La pregunta no es si está bien o mal. La pregunta es si quieres ganar tiempo para que podamos hacer esto o no —replicó ella con impotencia y Ángel se pasó ambas manos por el cabello en un gesto desesperado.

—¡Maldit@ sea...!

—Sea quien sea, va a seguir pidiendo pruebas. Si no se las das, empezará a sospechar.

Él cerró los ojos unos segundos, terco, furioso.

—¡No quiero hacerte daño!

Allison lo miró fijamente.

—¡Entonces no es cuestión de si quieres golpearme o no! —exclamó alzando la voz—. ¡Es cuestión de si quieres hacerlo una vez... o si quieres tener que repetirlo porque las fotografías no le convencieron!

Ángel sintió un nudo en el estómago. Jamás había odiado tanto una decisión.

—Allison...

—¡¿Cuántas veces quieres golpearme?!

La bofetada resonó dentro de la cabaña y Allison giró el rostro por la fuerza del golpe. Sintió el sabor metálico de la sangre llenar su boca.

Cuando volvió lentamente la cabeza, todo en ella temblaba y una fina línea roja descendía desde la comisura de su labio. Las lágrimas le subieron a los ojos, totalmente involuntarias, pero sabía que no era por el dolor. Era por la humillación, por la rabia, por la impotencia de haber confiado en quien no debía.

Ángel retrocedió un paso como si hubiera sido él quien recibiera el golpe.

—Allie… Lo siento...

Pero ella no respondió. Las lágrimas comenzaron a deslizarse una detrás de otra mientras una furia inmensa le cerraba la garganta.

Pensó en Oliver. Pensó en todas las veces que había confiado en él. Pensó en el futuro que había imaginado a su lado. Y comprendió que, para ese hombre, ella nunca había sido una persona. Solo había sido una herramienta, una huérfana útil, alguien a quien podía romper sin remordimientos.

—¡Saca la maldit@ foto! —rugió apretando los puños mientras el llanto dejaba de ser silencioso y su respiración empezaba a entrecortarse.

Ángel tragó saliva y gruñó entre dientes mientras sacaba el teléfono. Tomó varias fotos y luego se arrancó la venda de la mano.

—¡No! ¡Me hace cosquillas! ¡¿No te jode!? —le gritó ella empezando a hipar—. No es… eso... —Intentó limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano, pero inmediatamente aparecieron más—. No puedo… dejar de… llorar... No sé… por qué…

Ángel sintió un escalofrío porque aquello ya no era miedo, era derrumbe.

—Perdóname. Perdóname, por favor —susurró con desesperación pero ella volvió a negar.

—No… no eres… tú…

Y no lo era. La verdad era que lloraba por la mujer que había sido, por la chica que creía que si se esforzaba alcanzaría la felicidad, y que alguien podría quererla de veras.

Ángel maldijo en voz baja, pasó los brazos bajo su cuerpo y con un solo movimiento la levantó. Y ella ni siquiera opuso resistencia cuando él la llevó al baño de la cabaña. Angel abrió la ducha y el agua tibia comenzó a caer lentamente.

—Lo siento… esto no debía ser así… lo siento.

Ella apoyó la frente contra su pecho mientras los sollozos seguían sacudiéndola.

—No puedo parar... —se quejó de sí misma y Ángel le acarició el cabello mojado con un gesto de posesión.

—Las personas que pasan demasiado tiempo siendo fuertes, a veces son las que más sienten cuando por fin aceptan dejar de serlo.

Allison cerró los ojos y las lágrimas siguieron mezclándose con el agua de la ducha… pero también con algo más. Primero sintió el olor del champú, luego las manos de Angel sacándole la blusa, metiéndose en el elástico de sus pantalones y bajándolos despacio. Y solo entonces, a pesar de sus ojos enrojecidos por el llanto, le hizo una mueca divertida y escandalizada.

—¿En serio? ¿Así me lo vas a hacer? ¿Sin un besito ni nada?

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