30 DÍAS… CAPÍTULO 5. Un objetivo en común
Ángel soportó exactamente treinta segundos más de llanto falso. Después rodeó la mesa, sujetó a Allison por el brazo y la obligó a levantarse.
—Ven conmigo.
Ella dejó la taza de chocolate y lo miró con algo parecido a una retorcida esperanza.
—¿Adónde vamos?
—¡Vas a conocer el sótano!
—¿Ahora? Pensé que era una amenaza para más adelante —se quejó, pero Angel no se contuvo de zarandearla.
—¡Cállate y camina!
La condujo hasta una puerta al final del pasillo, abrió las cerraduras y encendió la luz antes de hacerla bajar por unas escaleras. Allison descendió con cuidado, todavía algo aturdida por los efectos de lo que Oliver había puesto en su té, y vio que el sótano era, efectivamente, feo.
Paredes de cemento, piso gris, algunas estanterías metálicas, una bombilla demasiado amarilla y ni una sola ventana. Había cajas, herramientas y un sofá viejo arrinconado contra una pared.
Ángel abrió los brazos.
—Aquí está. ¿Te gustaría quedarte una temporadita en lo que aprendes a comportarte?
Pero ella solo examinó el lugar.
—No está mal.
Él bajó lentamente los brazos y su cara se descompuso.
—¡¿Cómo que no está mal?! —le gritó.
—Bueno, encerrada aquí no tendría que cocinar ni limpiar. Además, esto debe tener por lo menos setenta metros cuadrados. Si me pones una cama y una cafetera, puedo adaptarme.
—¡Es un sótano!
—He vivido en sitios peores. ¿Mi cuarto en la universidad? ¡Uff! ¡Eso sí daba miedo!
Angel apretó los puños con impotencia.
—¡La intención es que no quieras estar aquí!
—Ah. —Allison miró alrededor otra vez—. Entonces deberías quitar el sofá.
Él se pasó ambas manos por la cara, desesperado, porque aquello no estaba funcionando, y por último se acercó hasta quedar frente a ella.
—¿De verdad no tienes miedo de lo que puedo hacerte? —siseó y Allison alzó la barbilla para mirarlo.
—¿Qué tan violento puedes ponerte, conejito? —preguntó, pero el tono no contenía una pizca de temor.
¡Era descaro puro! Peor aún, sus ojos descendieron brevemente por el pecho de Ángel antes de regresar a su rostro, y él la señaló hacia las escaleras.
—¡Arriba!
—¡Justo como me gusta!
—¡No arriba de mí! ¡De las escaleras, las escaleras! —vociferó él y Allison subió mientras reprimía una sonrisa—. ¡Ahora siéntate en una silla y no quiero escucharte replicar!
La llevó hasta una mesa grande situada junto a los ventanales y tomó una caja de cartón y la dejó delante de ella con un golpe.
—¿Qué es esto?
—¡Tu maldito trabajo! ¡Quiero que empieces ahora mismo! ¡Ya!
Ella levantó la tapa. Había carpetas, balances, contratos, facturas y copias de movimientos bancarios.
—Yo también. ¿Me haces más chocolatito?
—¡No te voy a hacer…!
—¡Uy, aquí hay una discrepancia! —exclamó ella emocionada y Angel se inclinó sobre su hombro.
—¿¡Cuál!? —preguntó y ella alzó la taza.
—Lo sabrás cuando me hagas más chocolatito.
Angel le arrancó la taza de las manos y volvió a ponerla junto a ella ya llena, pero la verdad fue que Allison ni siquiera lo miró. Estaba tan metida en los documentos que durante las horas siguientes, apenas levantó la cabeza.
Clasificó estados de cuenta, separó contratos, creó grupos según fechas y comenzó a anotar cifras en varias hojas. Ángel pasó junto a ella un par de veces y terminó desistiendo de intentar comprender su método. Pero al mediodía la vio cerrar una carpeta y levantarse.
—Necesito refrescar la vist… —pero no terminó de decir nada, porque el mundo se inclinó de repente—. Mierd@...
Intentó sujetarse de la mesa, pero calculó mal la distancia. Dio un paso torpe y chocó contra un mueble, desorientada.
—¡Allison! —Ángel llegó hasta ella antes de que se diera de bruces contra el suelo y la sostuvo por la cintura.
Ella parpadeó despacio, desorientada, pero aun así se aferró a sus hombros, y sonrió al ver los tatuajes bajo sus dedos.
—Los tatuajes eran lindos sí, pero los musculitos tensos mientras la apretaba salvajemente contra su cuerp…
—¡¿Estás narrando?! —espetó Angel y ella se sobresaltó.
—¡Joder, ¿dije eso en voz alta!?
—¡No te estoy apretando salvajemente! —rezongó él soltándola y Allison se dejó caer en el sofá más cercano.
—Porque no quieres, conejito. ¡Porque no quieres!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS