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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 130

30 DÍAS… CAPÍTULO 6. Veintinueve días y medio

Angel se restregó la cara con impaciencia y la miró como si quisiera asesinarla por telepatía, probablemente porque empezaba a entender que la asfixia tradicional solo acortaría demasiado la distancia y le daría oportunidad a Allison para toquetearlo.

—Creo que a tu cerebro definitivamente le está faltando azúcar.

—Eso es por tu culpa, que no satisfaces mis… necesidades.

—¡Allison!

Ella estalló en carcajadas, porque era la segunda vez que él pronunciaba su nombre y honestamente, le sonaba demasiado sexy en su boca. Le resultaba gracioso que él esperara verla aterrada, pero la verdad era que no lo estaba, quizás porque ya sabía del secuestro antes de que pasara, o quizás porque sabía que Angel Reyes no era un criminal, solo un hombre común al que habían obligado a hacer algo que no quería. No tenía una respuesta clara, solo sabía que cada hora que pasaba se le hacía más tierno… y más interesante.

—A ver, conejito, resulta que mi organismo necesita comida varias veces al día. Es una característica fascinante de los seres humanos —sonrió cambiando de tema.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—Porque estaba trabajando las seis horas que exigió mi secuestrador explotador.

—¡Todavía no han pasado seis horas!

—Entonces Recursos Humanos recibirá una queja.

Ángel rezongó y se inclinó para levantarla, pero ella le hizo un gesto para que se detuviera.

—Puedo caminar.

—Acabas de perder una pelea contra un mueble, mejor quédate sentada, que si te caes de una banqueta luego tendré cargo de conciencia.

—¡Uy, un secuestrador explotador con conciencia!

—¡Allison, que no me provoques! Es una orden.

—Sí, señor conejito.

Ángel se dio la vuelta porque ya iba a prendiendo que no podría ganarle, y fue hacia la cocina. Mientras tanto, ella se acomodó contra los cojines y lo observó abrir el refrigerador, sacar varios ingredientes y comenzar a cocinar.

—Y según él, no iba a ser mi camarero —sonrió.

Ángel siguió cortando algo con más fuerza de la necesaria, pero media hora después le hizo una señal para que se acercara a la barra y puso un plato delante de ella.

—Come.

Allison tomó el tenedor y no se lo hizo repetir. Probó el primer bocado, luego otro y suspiró con auténtico placer.

—Está muy bueno.

—Lo sé.

Él pareció relajarse un poco, pero Allison continuó unos segundos antes de levantar nuevamente la mirada.

—Aunque le falta una cosa.

—¿Sal? —Ángel observó el plato.

—No.

—¿Pimienta?

—Tampoco.

—Entonces ¿qué?

Allison dejó lentamente el tenedor.

—¿Y cómo esperas que trabaje?

—Con papel.

—Tienes cuatro docenas de cajas llenas de documentos. ¿Quieres que anote mis resultados en las paredes como una cavernícola? ¡Eso sí que sería tortura de secuestrador!

Angel casi se rio de verla tan escandalizada, pero al menos ya sabía qué le podía quitar para castigarla… ¡como a la adolescente calenturienta que era!

—OK, una computadora, pero no tendrás acceso a internet.

—No necesito internet. Necesito hojas de cálculo —la escuchó gruñir, y la estudió durante unos segundos antes de sacar una computadora portátil de un armario.

—Está completamente aislada. No tiene conexión y no conseguirás conectarla a ninguna red.

—Perfecto. Ahora déjame comer que la investigación está interesante y si me muero no conseguirás tus pruebas.

Aquello último lo hizo levantar la cabeza.

—¿Por qué crees que estoy buscando pruebas? —preguntó de repente y el tenedor de ella se quedó suspendido sobre el plato.

—Porque no se pide contaduría forense por amor al arte, conejito. Tú estás buscando destruir a alguien —sentenció mirándolo a los ojos y los músculos de los antebrazos de Angel se tensaron apoyados en la barra.

—¿Eso te molesta? —preguntó y la vio encogerse de hombros.

—El que le tenga miedo a los zapatos sucios, que no me meta en el barro —sentenció Allison—. Aquí cada uno paga las consecuencias de lo que hace. Si no haces nada, tampoco tendrías por qué preocuparte.

—A la gente también le pasan cosas malas aunque no hagan nada —replicó Angel—. Solo mírate a ti.

Y por un segundo creyó ver una chispa de rabia y comprensión en los ojos de la mujer sentada frente a él.

—¿Y crees que es malo que me hayas secuestrado? —replicó mirándolo a los ojos—. No, conejito. Estas son vacaciones gratis en una cabaña de lujo con terapia de choque. Cuando acabemos aquí… yo misma te pagaré por tus servicios.

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