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Relatos cortos romance Capítulo 21

—Lewis, después de la reunión con los alemanes no regresaré a la oficina, así que puedes retirarte —me informa mi jefa, mejor conocida como Perséfone “La reina del inframundo”—. Antes de que te retires, quiero que dejes sobre mi escritorio las proyecciones de ventas de la nueva colección.

—Como usted ordene, señorita Carter.

En cuanto veo como desaparece por el elevador, mi alma regresa a mi cuerpo y esa ansiedad que siempre me carcome frente a mi jefa me abandona en cuestión de segundos, sin embargo, cuando escucho como se abren las puertas metálicas y mi jefa reaparece con cara de pocos amigos, me tenso de inmediato.

—¿Se le olvidó encargarme algún pendiente? —inquiero tomando mi tablet listo para acatar sus órdenes, pero la mirada que me lanza como si me tratase de un gusano me deja en claro que he cometido una grave falta y que sus hirientes palabras están a nada de salir de su boca.

—No tengo por qué darte razones a que se debe que haya regresado Lewis, limítate a terminar lo que te pedí hace unos instantes —responde antes de fulminarme con la mirada, entrar a su oficina y después de lo que me pareció una eternidad salir con una enorme caja bajo el brazo.

—¿Desea que la ayude?

—¡¡Lewis!!

—¡Lo siento jefa! —me excuso—, es la costumbre, ante todo soy un caballero.

Escucho como murmura por lo bajo «Lo que menos deseo es un caballero, menudo imbécil», me quedo de piedra y decido ignorar las palabras de Perséfone al menos de momento, en cuanto al fin desaparece y me percato que no regresa lanzo un suspiro de alivio.

—¡Maldita bruja! Espero un día de estos verte suplicándome y entonces será mi momento de vengarme de ti.

Comienzo por trabajar con toda la tranquilidad que me falta los días que Perséfone se la pasa acechando de un lado al otro con su ya tan característica aura maligna, que cuando miro el reloj me doy cuenta de que han pasado más de dos horas desde que mi jefa se retiró, tomo los reportes que me solicito y los dejo en su escritorio.

Me estiro con desparpajo y tomo mis cosas para por fin después de meses llegar temprano a mi departamento. Bajo al estacionamiento y cuando estoy por subir a mi auto, la voz de Anthony me detiene.

—¡Aarón! ¡Qué milagro verte tan temprano por aquí!

—Mi jefa pensó que ya era suficiente tortura por hoy y me dejó libre.

—Te aseguro que muchos desearíamos estar en tu lugar, tienes una buena paga, trabajas a lado de una hermosa jefa y lo mejor de todo estás rodeado de tantas modelos que suben para hablar con Perséfone que no entiendo como no has conseguido el teléfono de ninguna de ellas.

—Si tú estuvieses en mi lugar no te sentirías tan afortunado, todos conocemos el genio que se carga la jefa.

—La verdad es que a mí no me importaría con tal de darle uno que otro revolcón, tal vez con eso se le quitaría ese humor de perros.

En cuanto escucho sus palabras suelto una carcajada, dado que en todos estos años que llevo trabajando para ella nunca le he visto un solo novio, pretendientes sí, pero da la casualidad de que ella misma se los espanta en un abrir y cerrar de ojos.

—Ambos sabemos que no somos su tipo, he llegado a creer que por eso le gusta encerrarse con las modelos en su oficina, así que mi estimado Anthony, Angela Carter, no es producto para caballero, así que te quedarás con las ganas de colarte entre sus piernas.

—Qué manera de destrozar mis esperanzas, pero ¿qué te parece si mejor vamos por unos tragos? Además, mañana no trabajamos.

—La verdad es que deseo llegar a mi departamento y…

—Y encerrarte como si fueses un abuelo, vamos Aaron te llevaré a un lugar que te dejará con la boca abierta, llevas tanto tiempo sin salir que estás empolvado —bromea golpeando mi espalda.

—Está bien, vamos por esos tragos —respondo después de unos segundos.

—Perfecto, sígueme en tu auto.

Después de casi una hora de viaje, llegamos a un edificio tan común como cualquier otro, aunque con sus paredes un tanto sucias parece no querer destacar sobre el resto, cada uno desciende de su auto y en cuanto me acerco mi amigo me tiende una máscara de piel.

—¿Esto que significa? —le pregunto observándola entre mis manos.

—¡Póntela! Para entrar aquí debemos de usar esto —me anima colocándose la suya, la cual se asemeja a un dóberman.

—¡No pienso ponerme esta cosa! —expreso con el entrecejo fruncido.

—¡Con un demonio Aarón!, te aseguro que no te arrepentirás. —Lanzo un suspiro y me coloco la dichosa máscara, ésta a diferencia de la suya parece un pasamontañas, dado que solo son visibles mis ojos y mi boca.

—¿Este es el lugar que según tú me dejaría con la boca abierta? —inquiero con una mueca de desdén, terminando de acomodar la máscara.

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