—Dime, ¿es por esto por lo que me evades Clarisse? —inquiere deslizando su lengua por mi cuello, logrando que mi cuerpo se estremezca.
—¿A q-qué te refieres?
—¿Sigues enamorada de tu ex prometido? —Cuando pregunta esto, me pega más a su cuerpo y me muestra la revista que había estado leyendo antes de su llegada.
—No es por eso —respondo conteniendo un gemido cuando comienza a restregar su miembro contra mi espalda.
—¿Estás segura Clarisse? Porque no me gustaría perder mi tiempo.
—¿Qué significa eso?
—Significa que me interesas Clarisse y no solo en el plano sexual.
—Sabes perfectamente que esto no está b-bien —respondo conteniendo un gemido cuando su mano sube, abre mi albornoz y aprieta mis senos, para después pellizcar mis pezones y debido a la fricción que provocan sus dedos junto con la tela de mi camisón mis gemidos se intensifican con cada segundo que pasa.
—Esos gemidos son música para mis oídos, ¿lo sabías? —me pregunta arrebatándome la carpeta con los documentos y arrojándolos junto con la revista a la pequeña mesita que se encuentra a lado de nosotros.
—¡Dante! ¡B-basta, te lo suplico! —le pido cuando su mano se adentra a mis pequeñas bragas y con sus dedos comienza a estimularme. —A-alguien podría vernos —gimoteo intentando apartarme de él.
Me da la vuelta y como si los dos tuviésemos los mismos pensamientos nos besamos desesperados por sentir los labios del otro, pega mi espalda contra el balcón y cuando deja libres mis labios deja un pequeño camino de besos hasta llegar a mis senos, los cuales muerde sobre la tela de mi camisón dejándolo un poco húmedo.
—¡Dante! —gimoteo enterrando mis dedos en su cabello y acercándolo un poco más a mí.
Con un ágil movimiento quita mi albornoz y después desliza uno de los tirantes de mi camisón, cuando está por deslizar el otro lo detengo y me aferro a ese pequeño pedazo de tela como si mi vida dependiese de ello.
—Aquí no, mis vecinos nos podrían escuchar y ver.
—Aquí sí Clarisse —me contradice, aparta con suavidad mi mano y en cuestión de segundos mi camisón cae al suelo, dejándome casi desnuda, me besa una última vez y se pone en cuclillas, separa mis piernas, se deshace de mis bragas y antes de hacerme perder la locura con su dulce lengua, se relame los labios con una enorme sonrisa en su rostro.
Cuando siento como su cálida lengua invade mi intimidad, mi cuerpo tiembla de la emoción de volver a sentirlo entre mis piernas, lanzo un suspiro y siento como Dante sonríe desde su posición, con una mano me aferro a su cabeza, mientras que con la otra tomo el barandal a mi espalda.
De un momento a otro mis gemidos se intensifican, feliz de recibir esa deliciosa tortura a manos de mi joven amante, pero cuando recuerdo que nos encontramos al aire libre, tapo mi boca y jalo los cabellos de Dante en un intento por apartarlo.
—V-vamos adentro, por favor.
—Aún no termino Clarisse, ya falta poco y entonces sí, podremos entrar.
Estoy por volver a suplicarle que haga conmigo lo que desee, pero ya sea en la sala, el comedor o hasta en la cocina, cuando sus labios succionan y muerden casi al mismo tiempo mi pequeño botón, coloca sus manos en mis caderas hasta llegar a mis glúteos, los cuales aprieta un poco y justo cuando deja una sonora palmada en uno de ellos, debo contener el grito que pugna por salir de mis labios.
—Ahora, si vamos adentro —dice al tiempo que me carga con facilidad y aun entre sus brazos, siento como mi cuerpo es víctima del estremecedor orgasmo que este hombre me acaba de regalar.
Cierro los ojos y me deposita con mucho cuidado en uno de los sofás de la sala, escucho la fricción de la tela al caer y cuando vuelvo a abrir los ojos me encuentro de frente con que Dante está completamente desnudo.
—¿Qué haces? —inquiero al tiempo que intento sentarme.
—Ni intentes escapar Clarisse, porque créeme que no te conviene, ya sabes cómo se pone el pequeño Dante cuando lo haces enojar. —Instintivamente, bajo mi mirada a su miembro erecto, donde sus venas resaltan como incitándome a pecar.
Estiro mis manos y poco a poco me acerco a gatas hasta donde se encuentra, pero cuando se da cuenta de mis intenciones se aleja, frustrando mis ganas de saborearlo.
—Lo tendrás, pero no así Clarisse. ¡Acuéstate! —me ordena, levanto la mirada y cuando estoy por contradecirlo, se agacha y toma su camisa, dispuesto a colocársela para irse y dejarme con las ganas, lo fulmino con la mirada y me acuesto como me lo pidió—. ¿Lo ves? Es más fácil si dejas de quejarte por todo.
Suelta su camisa, toma su vaso de whisky y de un trago se acaba su contenido, después toma un hielo de la cubitera y lo coloca en su vaso vacío.
—¿Qué piensas hacer? —pregunto mirándolo con atención.
—Algo que me cruzo por la cabeza desde el momento en que me entregaste ese whisky —responde colocando mis piernas a ambos lados de su cuerpo.
Toma el hielo y antes de besar mi cuello frota este contra sus dulces labios, cuando estos se posan en ese lugar que me hace desfallecer, mi cuerpo se estremece debido a la frialdad que ha dejado el hielo en su piel y sin perder tiempo su lengua me regala una delicada caricia.
Comienza a alternar lo frío del hielo y lo cálido de su lengua por todo mi cuerpo, provocando un sinfín de reacciones en él y, cuando llega a mis pezones, los cuales me parece que olvido apropósito, desliza el hielo primero en uno arrancándome un gemido de satisfacción.
—¿Te gusta cómo se siente? —inquiere observando mi reacción.
—Sí, se siente muy bien —respondo con sinceridad.
—Y lo que sigue se sentirá aún mejor. —Retira el hielo y cuando posa sus labios en mi frío pezón, el calor de su lengua, junto con las pequeñas succiones que me da, me hacen desear más.

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