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Relatos cortos romance Capítulo 22

—Pues mi querido Anthony, te aseguro que esa rubia si me acepta un trago. —Sin darle tiempo a mi amigo a desmentir mis palabras, me levanto y me siento junto a la mujer más codiciada del momento.

—Un Vodka para mí y un Gin Tonic para la dama —le pido al barman.

—No sé quién te crees al pedir una bebida para mí, pero déjame decirte…

—Déjame decirte que te callas y la aceptas muñeca, no te estoy preguntando, te estoy ordenando.

La mujer me mira enfadada por como la interrumpo, pero en cuanto termino de darle la orden, observo como sus ojos se abren como platos, aprieta sus piernas y un pequeño jadeo escapa de sus labios y, con estas pequeñas acciones confirmo mis sospechas.

Después de algunos segundos el barman nos tiende nuestras bebidas y la rubia acepta la suya sin objeción, la observo durante algunos segundos y por extraño que parezca siento que la conozco de algún lugar, sin embargo, gracias a la máscara tipo Gatúbela que usa solo puedo ver sus ojos claros y sus labios rojos, cereza.

—Ahora entiendo por qué no aceptabas ningún trago, a ti te gusta que te dominen aun cuando aparentas ser una ama —le susurro al oído y por un loco impulso muerdo su lóbulo arrancándole un pequeño gritito de dolor—, creo que tú y yo nos divertiremos mucho está noche.

—Aún no me has preguntado si yo deseo ser tu compañera —me desafía con una ligera sonrisa asomando por sus sensuales labios.

—Estoy seguro de que si te lo pregunto eres capaz de levantarte de este asiento y dejarme con un palmo de narices, créeme que no estoy dispuesto a desaprovecharte esta noche. —Me levanto y tomo su mano para arrastrarla a una de las salas, aunque más que arrastrarla, la rubia se muestra bastante cooperativa.

Todos a nuestro alrededor se me quedan viendo con asombro y algunos con envidia, dado que ninguno de ellos consiguió cruzar más de unas cuantas palabras con ella y, yo, en menos de unos minutos la sostengo de la mano, con la firme intención de hacerla gritar de placer durante toda la noche.

Subimos un pequeño tramo de escaleras y permanecemos de pie frente a las puertas metálicas del ascensor esperando nuestro turno para poder subir.

—Puedes escoger la habitación —le comento a la rubia en cuanto nos montamos en el ascensor, dado que es la primera vez que estoy en este lugar y no estoy familiarizado con él, me parece lo más lógico dejarla escoger a ella.

—Creo que esto no va a funcionar —rebate con una pequeña mueca, siento como afloja un poco su mano e intenta apartarse de mi lado.

—Es una orden la que te estoy dando —expreso con voz firme, jalo de su mano y la acerco a mi cuerpo—: no me gusta repetir las cosas. —Siento como se tensa entre mis brazos y solo se limita a asentir—. ¿Cómo te llamas? No me has dicho tu nombre.

—Puedes llamarme Astartea (El ángel del infierno) —murmura por lo bajo.

—Cuando te pregunte algo, mírame a los ojos y no murmures, no me gusta adivinar lo que dices —le indico autoritariamente, aunque por dentro estoy un tanto ansioso, nunca en mi vida he tenido una relación de este tipo.

—¿Cómo te llamas? —inquiere con un pequeño jadeo cuando mi mano se aventura y sube por sus muslos desnudos hasta llegar a su trasero, el cual aprieto para después soltarle una sonora palmada.

—Después de hoy seré tu amo, dueño y señor Astartea, de eso estoy completamente seguro. —Las puertas metálicas se abren y salimos a un amplio pasillo, donde alcanzo a divisar unas cuantas puertas negras.

—Esta es mi habitación favorita —me informa indicando con su mano una habitación al final del pasillo, me mira y es como si me preguntase si puede adelantarse, le doy un ligero asentimiento de cabeza y de su minúsculo bolso extrae una llave magnética.

—Me parece que eres cliente asiduo aquí —comento una vez que entramos a la habitación.

—¿Me estás diciendo zorra? —inquiere molesta.

—No te estoy diciendo que seas una zorra —la contradigo, sin embargo, me arrepiento al ver su semblante—. Entiendo, te gusta que te digan zorra, ¿cierto? —Me acerco peligrosamente a ella, tomo su mandíbula y sin darle tiempo a responder la beso con furia, solo me separo de ella hasta que ambos nos quedamos sin oxígeno.

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