Después de disculparme con papá y mi joven amante, subo hasta mi oficina y me dejo caer en mi silla, temblando ante la idea de tener que trabajar con él.
—¡Maldita sea! Parece que el destino se está burlando de mí.
Recargo mi cabeza en mi escritorio, tratando de pensar la mejor forma de evitar a toda costa a Dante, cuando de un momento a otro la puerta de mi oficina se abre y se cierra con gran velocidad.
Levanto la mirada y me encuentro de frente con mi amante, quien me mira con tanta lujuria que mi cuerpo se enciende de inmediato.
—¿Q-qué haces aquí Dante? —inquiero con la voz un poco temblorosa.
—Necesitamos hablar.
—Creo que tú y yo no necesitamos hablar de nada, así que por favor retírate de mi oficina.
—¡Clarisse! ¡Clarisse! No sabes cuanto deseaba encontrarte, estuve tentado de poner un anuncio en el periódico y sin esperarlo te vine a encontrar en este lugar, a eso yo le llamo señales divinas.
—No digas tonterías Dante y, ¿qué hubieses dicho? «Busco a mi amante, la cual saque ebria de un bar, follamos durante toda la noche, solo que nunca pregunte su nombre».
—Pues no Clarisse, creo que sonaba mejor esto, «Se busca Cenicienta que dejó sus bragas en mi departamento después de una larga y placentera sesión de sexo» —dicho esto saca mis bragas del bolsillo interior de su saco y las lleva hasta su nariz aspirando su aroma.
—No hagas eso, es asqueroso, eres un enfermo depravado —murmuro enrojeciendo hasta las orejas.
—Están limpias Clarisse, las tuve que lavar y por desgracia tu aroma desapareció.
—¡Entrégamelas! —le exijo estirando mi mano.
—Lo siento, pero para asegurarme de que eres la dueña de estas bragas debes de pasar la evaluación, si te las mido y se ajustan a la perfección, a tu anatomía te las entrego, en caso contrario me las quedo y seguiré buscando a mi Cenicienta sin bragas. —Veo como las guarda de nuevo y me sonríe relamiéndose los labios.
—¡Eres un imbécil! Si no me las piensas entregar puedes largarte de mi oficina.
—Clarisse, hace un rato en tu discurso, mencionaste que si teníamos alguna inquietud podíamos visitarte en tu oficina y ahora me corres, sabes que esto que estás haciendo se llama discriminación laboral y, podría demandarte. —Lo miro con el ceño fruncido y sin más opción le indico que tome asiento frente a mí.
—¿Cuál es tu inquietud? Si es sobre tu contratación, no debes preocuparte por ello, sé separar lo laboral de lo que sucedió entre nosotros hace unos días.
—Querrás decir de lo sexual Clarisse, llámalo como es.
—Sí y es algo que no volverá a suceder, ese día estaba ebria y fue un error de mi parte meterme con alguien tan joven como tú, además ahora trabajaremos juntos y lo mejor es mantener una buena relación laboral.
—No sé por qué no me sorprende que me digas eso, en cuanto me viste allá abajo casi te desmayas y que yo recuerde ese día no te quejaste de que fuese más joven que tu Clarisse, por el contrario, disfrutaste tanto que estoy casi seguro de que durante todos estos días te has tocado imaginando que soy yo quien lo hace.
—¿Y de qué otra forma podía actuar si veo a mi amante de una noche en mi trabajo? Estás equivocado, estaba demasiado ebria como para recordar todo lo que hicimos ese día. —Le miento dado que tiene razón, a todos horas recuerdo sus manos sobre mi cuerpo, la forma en que me poseyó en mi auto, en su habitación y de solo volver a recordarlo siento como mi centro se humedece un poco.
—Vaya Clarisse tus palabras son hirientes, ahora sé lo que sienten esas mujeres a las cuales botan después de una noche de sexo salvaje, ¿sabes? Me siento utilizado.
—Por favor, Dante yo…
—¿Tú qué? Solo me utilizaste para saciar tus ganas, por lo menos ¿sabes cómo me sentí al otro día cuando desperté y no te encontré por ningún lado? No verdad, pero bueno, mi tristeza no fue nada comparada con la de alguien más, él estaba devastado.
—¿De qué hablas? —inquiero asustada.
—No me extraña que no lo recuerdes y más si dices haber estado demasiado ebria.
—Solo estábamos tú y yo, no había otro hombre en ese departamento —chillo como histérica, al tiempo que me pongo de pie—. ¿Acaso invitaste a alguien más mientras dormía? —Lo encaro furiosa al imaginar a otro hombre con nosotros y haciéndome Dios sabrá qué cosas.
—¡Shh! Deberías de bajar la voz, Clarisse —comenta levantándose también de su asiento y acercándose peligrosamente hasta donde me encuentro, pero como en este momento estoy furiosa, no me dejo amedrentar por su presencia.
—¿Por qué he de bajar la voz? Metiste a otro hombre a esa cama, mientras dormía, eso es realmente desagradable. —Levanto mi mano con la firme intención de darle una cachetada, sin embargo, la sujeta y me pega a su cuerpo hasta que siento como su fragancia masculina me envuelve por completo.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Relatos cortos