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Relatos cortos romance Capítulo 17

Han pasado varios días desde mi encuentro con Brigitte y aunque mi sed de ella aumenta a cada instante, prefiero mantenerme alejado de mi pequeña asistente, no quiero volver a cometer la misma locura del otro día y que su padre nos descubra, ante lo cual mi amistad con él terminaría, además de que parece que ella al fin se ha dado por vencida y ha frenado sus intentos por seducirme.

Termino de revisar unos documentos, recuesto mi cabeza en la silla y vuelvo a rememorar en mi mente la forma en que su respiración se agitaba con cada beso que depositaba en su tersa piel, su dulce boca tomando posesión de mi miembro y la forma en que me dio un placer inigualable, sacudo mi cabeza tratando de alejar esos pensamientos, los cuales no me traerán nada bueno, después tomo mi chaqueta y salgo de la oficina.

—Ya no regresaré a la oficina Brigitte. Puedes retirarte, nos vemos el lunes, que descanses —me despido de ella, apartando mi mirada de sus sensuales labios.

—¿A dónde vas? —inquiere levantándose con rapidez, además, de que no se me escapa la mueca que adorna su bello rostro.

La observo con el entrecejo fruncido e ignoro su pregunta, dirigiéndome a paso rápido hasta el ascensor.

—No me has respondido Caleb —chilla detrás de mí.

—Eres mi asistente Brigitte y debes de seguir mis órdenes, sé que no tengo ninguna junta agendada, por lo que no es necesario que sepas a donde voy, como te lo dije, puedes irte a descansar a tu casa. —Subo al ascensor dejando a la chiquilla con la palabra en la boca.

Pego mi frente en la pared de metal, sintiéndome como un completo imbécil al tratarla así, pero es lo mejor para ambos, en cuanto llego al subterráneo, subo a mi auto sin perder tiempo y me dirijo hasta mi casa, tengo el tiempo justo para darme una ducha y estar presentable para la fiesta de compromiso de mi hermana.

Llego a casa de mis padres donde veo varios autos aparcados, ante esto ruedo los ojos, ya imaginaba que tirarían la casa por la ventana debido al compromiso de mi hermana, salgo del auto y me resigno a escuchar durante la velada sus constantes preguntas incómodas que ya no son una novedad para mí.

En cuanto me abren la puerta mi madre llega revoloteando hasta donde me encuentro con una sonrisa la cual no me augura nada bueno.

—¡Por Dios, cariño! Por un momento pensé que tendría que ir por ti, que bueno que estás aquí. —Besa mi mejilla y aprisiona mi brazo arrastrándome con ella hasta donde veo todo una parvada de mujeres, las cuales me miran como el objeto de su deseo, dejando caer sus parpados en un intento por ser coquetas.

—Sé que es lo que pretendes madre y de una vez te diré que no estoy interesado en ninguna de esas mujeres —murmuro con el ceño fruncido, mi madre chasquea la lengua, pero finge no escucharme.

—Ya regresé queridas. Les presento a mi tesoro mayor, Caleb Davies. —Acto seguido me presenta a todas las mujeres, algunas de ellas se toman el atrevimiento de posar sus manos sobre mis hombros, por lo que, al no ser tan tolerante, se las retiro sin amabilidad.

Después de casi una hora logro zafarme de mi madre y me escabullo a la cocina, donde me bebo un gran trago de whisky, cuando voy por el segundo vaso llega una rubia y al parecer también se está escondiendo de alguien, me observa y pega un pequeño brinco.

—¡Lo lamento!, pensé que no había nadie.

—No te preocupes, ¿gustas un trago?

—Sí, por favor. Me hace mucha falta y lo peor de todo es que esta horrible fiesta de compromiso aún no termina —se queja amargamente.

—Esta aburrida fiesta de compromiso es de mi hermana —le informo con una pequeña sonrisa en mis labios, al instante su rostro pierde color.

—Y-yo lo lamento, no era mi intención…

—No te preocupes, estoy por obligación, si fuese de mí, estaría en casa y no conviviendo con toda esa parvada de mujeres. —Ante mis palabras enarca una ceja, le tiendo el vaso de whisky y me explico.

—Parece que mi madre me tendió una emboscada y desea encontrarme pareja esta misma noche. —Suelta una pequeña risilla y de un solo golpe se acaba su bebida.

—Pues felicidades, estamos en las mismas, mis padres quieren presentarme a un estúpido hombre que, según ellos, es el indicado para mí.

—¡Angela, querida! Qué bueno que estés aquí, por un momento pensé que ya te habías ido —escuchamos la voz de mi madre y cuando se percata que estamos los dos escondidos en la cocina, una ancha sonrisa recorre su rostro hasta llegar a sus ojos—, ¡qué maravilla, ya se conocen! —canturrea emocionada.

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