Entrar Via

Relatos cortos romance Capítulo 13

—Ahora por favor vete —le suplico con la voz entrecortada.

—No me pienso ir Catalina y después de esto menos. —Me atrae hacia su cuerpo y me abraza, recargo mi cabeza en su pecho y me permito llorar como desde hace días no lo hacía—. No me gusta verte llorar —me confiesa al tiempo que me separa un poco de su cuerpo y con sus enormes manos seca las lágrimas que aún caen por mis mejillas.

Observo como su mirada pasa de mis ojos a mis labios entreabiertos y como si estuviese a cámara lenta acerca sus labios hasta los míos, comienza a besarme como si fuese algo tan delicado que tuviese miedo de romper, ante esto me permito suspirar y enredo mis brazos en su cuello pegándolo más a mí, pero cuando siento que su mano traviesa baja hasta posarse en mi trasero regreso a mis cinco sentidos y me separo de él.

—E-esto no está bien Lisandro.

—¿Por qué no? Yo lo siento demasiado bien Catalina —murmura ahora sobre mi oído, para después bajar hacia mi cuello y dejar unos cuantos besos, de una patada cierra la puerta de mi oficina y con una rapidez digna de un rayo pone seguro a ésta—. No te dejaré escapar preciosa.

—¡No! ¡¿Qué haces?! —inquiero al tiempo que intento quitar el seguro de mi oficina, pero sus fuertes brazos me detienen y el azote en mi trasero me hace lanzar un chillido—. ¿Qué te sucede Lisandro?

—Te mereces un pequeño castigo por desobedecerme Catalina, de ahora en adelante cada vez que estemos juntos y no me hagas caso a lo que te ordeno te daré un pequeño castigo. —Y con solo esas palabras bastan para que mi centro palpite deseoso de atención, muerdo mi labio inferior y me dejo arrastrar hasta el filo de mi escritorio.

—Estás muy seguro de que tendremos más encuentros y no solo este Lisandro, ¿por qué confías tanto en eso? —inquiero conteniendo una jadeo cuando sus manos desabotonan con desesperación mi blusa y cuando por fin logra su objetivo muerde mis senos sobre la tela de mi sostén.

—Porque gracias a esos infieles te conocí y ahora que te encontré, no pienso dejarte ir Catalina, me vuelves loco a tal extremo que en cuanto te veo deseo hacerte mía de una y mil maneras diferentes, y cada una de ellas tan arriesgada como la otra como, por ejemplo, hacerlo en tu oficina es tan excitante que de solo imaginar que tu esposo podría encontrarnos así me hace desear perderme en tu dulce calor cuanto antes.

—Él nunca viene, para ser exactos desde hace un año que dejo de venir —le confieso y es que fue tan evidente como comenzó a alejarse de mí, sus interminables juntas, sus salidas con sus supuestos clientes, que mi mirada se ensombrece ante el recuerdo de su infidelidad.

—Simplemente, él se lo pierde, no sabe la mujer que ha dejado ir y que por azares del destino yo encontré. —Desliza sus manos por mis muslos y comienza a subir mi falda hasta enrollarla en mis caderas, en cuanto me observa una sonrisa cruza su rostro, por lo que no puedo evitar fruncir mi ceño.

—¿Qué es lo que piensas hacer?

—Te aseguro que nada que no vayas a disfrutar preciosa. —Sin más palabras posa su mano en mi intimidad y sus dedos me acarician sobre la tela de mis bragas, haciéndome temblar de anticipación.

—N-no confío en ti —murmuro conteniendo un gemido cuando sus dedos hacen a un lado la pequeña tela que los separa de mi piel y se adentran en mi interior, provocando un sinfín de emociones en todo mi cuerpo.

—Sé que confías en mí Catalina, si no, no estuvieses aquí entre mis brazos. —Cuando estoy por refutarle, sus labios toman posesión de los míos haciendo que me olvide de lo que estaba por decirle—. ¿Lo ves? Ni siquiera eres capaz de rechazar mis besos —murmura sobre mis labios cuando se separa lo suficiente para tomar aire y sus dedos continúan torturándome.

—No te detengas, por favor —le suplico con la voz entrecortada moviendo mis caderas a su encuentro.

—Así preciosa, dame todo de ti —susurra ahora sobre el nacimiento de mis senos y cuando lo muerde lanzo un fuerte grito con una mezcla de dolor y satisfacción al lograr mi liberación, por lo que me aferro a sus hombros tratando de controlar mi respiración. —Hoy quiero probar algo diferente Catalina.

—¿A qué te refieres con diferente?

—No queremos que se arrugue tu linda blusa, preciosa —comenta ignorando mi pregunta, mientras se separa de mí y comienza a sacarla por mis brazos, se acerca al perchero que se encuentra cerca de la ventana y la cuelga con mucho cuidado—, ahora quitaremos esa linda falda.

Me toma por la cintura y baja lentamente la cremallera de mi falda, para después deslizarla por mis muslos, los cuales va besando conforme mi piel queda expuesta, provocando un agradable cosquilleo en todo mi cuerpo para luego anidarse en mi intimidad, se levanta y deja mi falda en el sillón que adorna mi amplia oficina.

—¡Maldita sea Catalina! Con esa lencería blanca te ves como todo un ángel a punto de caer en las garras de la perversión y yo estoy más que encantado en ser el que te lleve a ello cariño.

Enreda sus brazos en mi cuerpo y con un hábil movimiento desabrocha mi sostén lanzándolo detrás de nosotros, con una de sus enormes manos aprisiona uno de mis senos, mientras con su boca succiona el otro con tal habilidad que siento como mi intimidad se vuelve a humedecer en cuestión de segundos, me acerco tanto como nuestros cuerpos nos lo permiten y ahogo un gemido cuando siento como su miembro roza mi pelvis.

—¿Quieres sentirlo en tu interior preciosa? —pregunta cambiando de seno y prodigándole todo el placer que solo su cálida lengua puede proporcionarme en este instante.

—S-sí, q-quiero que me hagas tuya.

—Tus deseos son órdenes Catalina. —Se pone en cuclillas y sus dedos se enganchan en mis bragas, las cuales baja con tal lentitud que comienzo a desesperarme un poco y sin ser consciente de ello empujo mi cadera contra su cara—. No te desesperes cariño, que cuando menos te des cuenta estaré aquí —me informa y sin previo aviso muerde mi intimidad ante lo cual arqueo mi espalda deseosa de que continúe con su labor.

—M-me encanta que hagas eso —confieso en un murmullo, cuando termina de retirar mis bragas por cada una de mis piernas.

—¿Hacer qué? —pregunta mirándome desde su posición, muerdo mis labios y niego con la cabeza—. ¡Vamos, dilo, Catalina!, no soy adivino —insiste recorriendo mi vientre con sus manos.

—Me gusta q-que me muerdas aquí. —Toco mis labios, los cuales se encuentran un tanto sensibles debido a su mordida y veo como arquea una ceja.

—En ese caso… —No termina su frase cuando se acerca y me vuelve a morder, levanta un poco mi pierna para darle mejor acceso y su boca me hace estremecer cada que muerde y succiona mi punto sensible, me sostengo de sus hombros y lanzo un grito desgarrador cuando un delicioso orgasmo atraviesa mi cuerpo, dejando mis piernas temblorosas y si no fuese porque me encuentro casi sentada en mi escritorio terminaría de rodillas en la alfombra—. Sabes deliciosa Catalina, nunca tendré suficiente de ti.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Relatos cortos