—¡Shh, cariño! Alguien podría escucharnos y lo que menos queremos es que nos interrumpan. —Se coloca un condón y después se vuelve a sentar en el lugar que abandono hace unos segundos—. Sé buena chica y siéntate aquí —me indica palmeando su entrepierna, en un principio intento resistirme, pero su mano se aferra a la mía y poco a poco me acerca hasta él, que sin poder evitarlo lo monto, introduzco su dureza en mi interior y se siente tan bien que es como si estuviésemos hechos el uno para el otro.
—¡Ahora déjate llevar nena! —me dice, mientras palmea mi trasero y vuelve a perderse en mis senos. Justo como lo pide comienzo a subir y bajar mis caderas en toda la longitud de su falo y por Dios que estar en un lugar así donde cualquiera podría escucharnos, me hace gemir cada vez más alto, hasta que escuchamos el ruido de la puerta al abrirse, seguido de las voces de unas mujeres por lo que él cubre mi boca con su mano, mientras con la otra se aferra a mi cadera ayudándome a mantener cierto ritmo.
Después, sin que lo espere, detiene mis movimientos y sale de mi interior, por lo que lo miro ofendida, me levanta sin esfuerzo alguno y él hace lo mismo.
—Lo haremos más arriesgado, preciosa, por tu propio bien, espero puedas acallar tus gemidos.
Me da la vuelta y pega mis manos contra la puerta del cubículo, separa mis piernas y me embiste de un solo golpe, cuando estoy por soltar un sonoro gemido, recuerdo donde nos encontramos y cubro mi boca con mi mano, algo difícil de lograr teniendo en cuenta que mi amante besa mi espalda desnuda y sus hábiles manos torturan tanto mis senos ya sensibles como mi clítoris, pero es una tortura tan deliciosa que podría estar así todo el día.
Las mujeres del otro lado de la puerta parece no se han dado cuenta de lo que estamos haciendo en este momento y continúan con su exagerado parloteo, mi acompañante por su parte aumenta la velocidad de sus movimientos y debo morder mi puño para no gimotear como me gustaría en caso de que estuviésemos solos, después de algunos minutos escuchamos como las mujeres por fin nos han dejado solos y es hasta entonces que ambos logramos nuestra liberación.
—¡Por Dios, eres maravillosa, preciosa! —Me da un último beso en el cuello y sale de mi interior aun con la respiración agitada.
—Me siento como una zorra —le confieso con voz entrecortada, pego mi frente contra la puerta y unas cuantas lágrimas abandonan mis ojos, de inmediato se acerca a mí y me da la vuelta, levanta mi rostro y me obliga a mirarlo a la cara donde me percato que sus ojos me miran con furia debido a mis palabras.
—No eres una zorra, recuerda que tu marido fue el primero en engañarte y estoy casi seguro de que hoy te mintió sin tentarse el corazón, así que sácate de la cabeza eso de que eres una zorra porque no lo eres —sin darme tiempo a responder me besa con tanta delicadeza, que si no estuviese casada y con el corazón roto bien podría enamorarme de un hombre como él.
Se separa lentamente de mí y después como todo un caballero me ayuda a vestirme nuevamente, lo único que no se me escapa es que omite entregarme mis bragas justo como lo dijo hace unos minutos, estas permanecen en su poder.
—¿Cómo te llamas? Y no me digas que no nos volveremos a ver, porque justamente ayer me dijiste eso y hoy para suerte mía te volví a encontrar.
—Me llamo Catalina. —Suspiro ante sus palabras, debido a que tiene razón tal, parece que estamos destinados a encontrarnos.
—Tal vez no desees saber mi nombre, pero te lo diré de todas formas, me llamo Lisandro, preciosa y espero que esta no sea la última vez que nos vemos. —Me da un beso rápido y después salimos del cubículo, abro la puerta y me asomo esperando que nadie venga, una vez que veo el camino despejado lo dejo salir primero.
—¡Adiós Lisandro! —le digo cuando estamos por separarnos en el pasillo.
—¡Adiós no Catalina!, ¡hasta luego preciosa! —Se acerca y me da un beso rápido antes de salir del restaurante, regreso a mi mesa y pago mi desayuno para después hacer lo mismo que él, salir de este restaurante con mejor ánimo.
Los días han pasado y por desgracia no he vuelto a saber nada de Lisandro, ese hombre que justo como lo dijo en nuestro primer encuentro no he dejado de pensar en él todas las noches antes de dormir, imaginarlo a mi lado, mientras me hace suya con esa pasión que brota por cada poro de su piel, en sus besos que me curan el alma y esa voz tan sexi que hace mojar mis bragas, que cuando observo a Jack dormir a mi lado (los días que hace acto de presencia en nuestra casa) mi frustración y resentimiento para con él aumentan.
Suspiro, molesta y alejo esos pensamientos de mi mente, no es bueno traer los problemas personales a la oficina, tomo el libro que estaba leyendo y me dirijo al estante para acomodarlo en su lugar cuando tocan a mi puerta.
—Lo lamento, señora De Santis, pero ha llegado a su cita el señor Santoro —¡Carajo! Había olvidado que tenía cita con un nuevo cliente musito en mi interior.
—Déjalo pasar por favor Clara y no te preocupes, toma tu hora de comida, yo atiendo al señor. —Esta asiente y se hace a un lado para dejar pasar a mi cliente, sin embargo, como aún estoy acomodando mi libro, no he visto a la persona que espera por mí.
—Por favor tome asiento, señor Santoro —le indico, cuando me doy la vuelta debo sostenerme de mi escritorio al ver al hombre frente a mí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Relatos cortos