El aire estaba pesado, con un calor dulce… raro, como fuera de lugar.
El beso de Evaldo cayó como un castigo, una toma a la fuerza.
Y aunque su cabeza le decía que se resistiera, frente a esa ola desconocida que le subía desde adentro, Sania se sintió blanda, sin fuerza.
A Sania se le hundió el corazón y soltó un quejido.
—Ese caldo…
Evaldo también sentía el cuerpo ardiéndole, y entendió al instante que era por el caldo.
—¿Tú…? —la voz le salió ronca, áspera, mientras miraba a la mujer con la cara encendida y la mirada perdida sobre el colchón—. ¿Tú también te tomaste el caldo que te dio Lucía?
Sania respiraba a bocanadas, con los dedos sujetándose el tirante caído, los ojos llenos de humedad.
—Sí… sí lo tomé.
Evaldo ya no necesitaba más.
A Lucía solo podía mandarla su padre.
Se apoyó para incorporarse, sacudió la cabeza como intentando despejar las sombras dobles que se le cruzaban en la vista, y ese deseo que le rugía en la cabeza.
Pero Sania se sentía peor. Como si su cuerpo, dormido por años, de pronto se hubiera prendido en fuego.
Y lo único que quería era acercarse a ese cuerpo que, comparado con ella, parecía fresco.
Sania echó la cabeza hacia atrás, el cuello dibujando una curva bonita.
La mirada ardiente de Evaldo se quedó en su clavícula blanca…
y en el sube y baja de su pecho.
—¿Quieres que siga?
Sania se mordió el labio. En ese momento se dio cuenta de que ese hombre era malo hasta los huesos: justo cuando ella estaba así, todavía quería que ella lo dijera en voz alta…
Que sí quería.
Sania notó un sabor metálico en los labios, como a sangre, y se aferró a eso para no perderse.
Se obligó a levantarse de la cama. Apenas puso los pies en el piso, todo le dio vueltas y vio doble.
La nuez de Evaldo subió y bajó. Chasqueó la lengua, y con dedos ardiendo le agarró el brazo.
—Perdón… soy yo el que quiere seguir.
Con ese tirón, Sania volvió a caer contra él.
Los besos le cayeron como tormenta, dominantes, sin esconder nada.
Sania cerró los ojos, las pestañas temblándole, y sin darse cuenta le rodeó el cuello con los brazos.
El aire se llenó de deseo, denso, peligroso, como si todo fuera a estallar.
En la cabecera había un olor suave a pino. Sania buscó de dónde venía y alcanzó a ver un aromatizante azul.

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