Sania mordió un pedacito de pera.
—Está bien.
Pero esa tarde, cuando Sania quería descansar en casa, recibió una llamada de la casa de retiro.
Era su abuela. Se puso la ropa, agarró las llaves y salió de inmediato.
Doña Brenda no entendía cómo su nuera había logrado tener una relación tan rota con su propia hija.
—Yuria, cuando llegue Sani, hablen bien. Sani es muy buena, quiere acercarse a ti, pero tú siempre la dejas afuera. Si siguen así, se van a volver extrañas.
Antes, cada verano e invierno, la señora mandaba a Sania a pasar unos días con la familia García. No era para que la niña buscara nada de ellos, sino para que pudiera estar cerca de su mamá.
Por más que los abuelos la quisieran, ese cariño no era igual al de unos padres.
Pero Yuria nunca había sido una buena madre.
—Señora, usted no entiende. Antes Sani era dócil, tranquila… pero ahora no sé qué le pasó. Desde que se casó, anda rara.
Brenda quiso responder, pero se contuvo. No quería hablar demasiado duro.
—Ya. Cuando llegue, hablen bien.
Sania llegó apurada a la casa de retiro, pensando que su abuela se había sentido mal. Pero en cuanto vio a Yuria en el patio…
Se le prendió todo por dentro.
Yuria, como siempre, altiva, miró a su hija y apretó los labios.
—Viniste.
—Te he estado esperando.
Sania respiró hondo. Ni la miró. Se volteó hacia su abuela y le sonrió, dulce.
—Abuela, la llevo a que le dé el sol allá.



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