Ahí sí, Sania ya no supo cómo calmarlo.
Y lo peor era que ni entendía por qué Evaldo estaba enojado.
Él se quedó en su habitación del hospital con la cara seria, pegado a la pantalla de la laptop.
Pero cuando ella quería agua, se levantaba y le acercaba el vaso; cuando quería el celular, le desconectaba el cargador; cuando quería limpiarse las manos, le pasaba una servilleta.
Sania, con culpa, aceptaba esa amabilidad con cara de hielo.
Sentía que su mirada le decía: «Ya, no me muevas el piso».
Sania se quedó una noche en el hospital. Al día siguiente, por más que insistió, Evaldo apenas aceptó que le dieran el alta.
Al volver a la casa, Lucía le preparó un montón de cosas nutritivas.
—Señora, está muy flaquita. El patrón me dijo que le hiciera comida buena, para que agarre fuerzas.
—Cuando uno está flaco, se enferma más fácil. ¡Subir tantito de peso también se ve bonito!
Lucía se puso a hablar y hablar, y ni Evaldo la aguantó: se metió directo al cuarto.
Sania tuvo que recibir ese cariño de la empleada de la casa.
Y la verdad… ese cariño era más que el que le daba su supuesta madre.
-
Dos días después, Sania volvió a la empresa. Y el puesto de jefe de seguridad que Guillermo tenía que cubrir, ya estaba listo.
—Directora Belte, ¿segura que hoy mismo avisamos el cambio?
Sania asintió.
—Sí. Cámbialo. Para el jefe de seguridad no hace falta pedir permiso a más altos mandos. Tú solo manda el aviso tal cual, y adjunta su historial de asistencias y todo lo necesario.
—¡Entendido!
A Guillermo le temblaban las manos al escribir el correo. Se notaba que Sania sí tenía respaldo.
Y lo más importante: esa mujer no le tenía miedo a Julián. Eso era lo que más pesaba.
El que controlaba seguridad era el sobrino de la esposa de Julián Talco.
Cuando Lázaro recibió su carta de despido, fue directo, sin perder tiempo, a la oficina de Julián.
—Julián, ¿qué pasa? ¿Por qué me corriste así nomás?
Julián se quedó sorprendido.
—¿Quién te corrió?
Lázaro lo miró con desconfianza.


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