Sania se abrazó las rodillas, encogida contra la pared. Gritó hasta que la garganta se le quedó ronca, pero nadie abrió.
El altillo no tenía ventanas, solo el olor a madera vieja y humedad.
Por las rendijas entraban hilos de luz de luna. Ya era de noche.
Diez y tantos años atrás, Sania ya había sido encerrada ahí una vez, cuando tenía siete, en unas vacaciones de verano en casa de su mamá.
Ese año llevaba apenas uno sin su papá. Se aferraba a su madre, desesperada por sentir cariño.
Pero en ese tiempo Yuria acababa de casarse y estaba ocupada en “quedar bien” en esa casa, sin cabeza para Sania.
Y Sania, en realidad, solo era la compañerita de Noa.
Aquella vez, Noa, con cinco años, la engañó para que entrara diciendo que necesitaba que le sacara un juguete.
Sania jamás imaginó que una niña de cinco la dejaría encerrada un día y una noche.
Ese día, Marco —el tío de su amiga, Tatiana — la sacó de ahí.
Sania nunca olvidó a ese Marco. Tampoco imaginó que el chico del que estuvo enamorada tantos años terminaría siendo su novio.
Pero al final, todo fue un sueño.
Desde entonces, Sania tenía una claustrofobia terrible. En lugares estrechos y oscuros, se le aceleraba la respiración y sentía que se ahogaba.
Se clavó las uñas en la palma, obligándose a calmarse.
—Sania, ya no tienes siete. Cálmate. Solo está oscuro. No da miedo.
Se lo repetía en voz baja, dándose ánimos.
Noa volvió a casa después de su cita. Marco la dejó en la puerta.
—Marco, hoy estuvo riquísimo. Gracias.
Marco le revolvió el cabello.
—Entra.
Noa se fue feliz, pero al entrar notó que sus papás no parecían de buen humor.
—Mamá, ¿por qué están así?
Yuria sonrió forzada.
—Nada. ¿Te divertiste?
Noa seguía en su nube.
—Comimos delicioso y luego vimos una película.
En otro momento, Yuria habría preguntado cuál película, si romántica o de acción. Pero ese día estaba apagada.



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