Sania no sabía que Evaldo lo había entendido mal.
Los ojos de él se oscurecieron, y su sonrisa tuvo un significado difícil de leer.
—Me gustó mucho el regalo.
—Pero el viernes tengo un viaje de trabajo. Regreso el fin de semana. Cuando vuelva, nos vamos.
Sania se sorprendió. Hasta le estaba avisando su agenda.
Sonrió.
—Va. Tú ve. Ustedes deciden la fecha.
Sania, al ver tanta piel al aire, se puso incómoda y buscó cualquier excusa para salir del cuarto.
Lucía pensó que su relación estaba mejorando.
Pero no: la señora no estuvo ni diez minutos en el cuarto del señor y volvió a salir.
Al día siguiente, Sania notó en el desayuno que Evaldo ya no estaba.
—Señora, el señor regresa pasado mañana. Hoy salió temprano por el vuelo. Me pidió que le avisara.
Sania asintió, sin darle mucha importancia.
Al final, él ya se lo había dicho.
De pronto pensó en Marco.
Resultaba que, cuando un hombre quería, hasta un esposo de contrato podía reportar todo.
Y Marco, en cambio, siempre aparecía cuando se le daba la gana y desaparecía cuando quería.
Sania negó con la cabeza, sacudiéndose ese recuerdo del “tipo basura”.
-
Esa tarde, Sania recibió una llamada de Alejandro.
—¿Bueno? Sr. García.
Era la primera vez, desde que Sania era adulta, que Alejandro la llamaba por iniciativa propia.
—Sani, hace mucho no vienes a comer. Me acuerdo que de chiquita te encantaba barbacoa, de olla, con todos reunidos. Ven hoy, hagamos algo en familia.
Sania iba a rechazar, pero Alejandro añadió:
—Tu mamá te dijo cosas antier, ¿verdad? Ya hablé con Yuria. Le dije que lo del trabajo de los hijos, mejor que no se meta tanto. No te enojes con tu mamá, solo habla directo y sin filtro. No lo tomes a mal.
Con eso, ya no era tan fácil negarse.
—Está bien. En la noche paso.


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