Tatiana eligió el cuarto, acomodó la ropa en el clóset y, cuando terminó, se dio cuenta de que ya casi eran las diez.
Entró al baño y, por primera vez en mucho tiempo, se dio el gusto de darse un baño largo. El buen ánimo, al final, se lo daba ella misma.
De aquí en adelante, iba a esforzarse por llevarse con Teodoro con respeto y calma, como dos adultos.
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Teodoro llevaba una camisa de vestir verde azulada. Tenía las mejillas apenas enrojecidas: en la comida de trabajo se había tomado un par de tragos por compromiso.
Quiso mandarle un mensaje a Tatiana para disculparse por no llegar a tiempo, pero recién ahí se dio cuenta de que ni siquiera se habían agregado.
Teodoro buscó su contacto y le mandó solicitud.
Hasta que regresó, no recibió aprobación.
¿Se enojó?
Teodoro lo pensó en silencio.
De estudiante se enfocó en la escuela. Ya trabajando, estuvo en puestos pesados, hizo méritos y lo ascendieron varias veces. Entre una cosa y otra, llegó a los treinta y tantos con la vida que tenía ahora.
En casa le insistieron con que se casara hasta el cansancio, pero él siempre se mostró tranquilo: el romance no le movía demasiado.
Solo que, en su posición, necesitaba un matrimonio estable. Por eso aceptó la alianza con la familia Casas.
Él sabía que la chica, joven y de carácter fuerte, no lo quería.
En la primera cita, ella a propósito lo trató con frialdad y le sacó defectos, intentando que él se echara para atrás con lo del acuerdo.
Pero Teodoro la encontró encantadora. Cuando sus padres le preguntaron si quería o no, por primera vez no se opuso: asintió y dijo que estaba bien.
Cuando ella supo que él había aceptado, se le soltó la mecha y lo llamó para reclamarle.
Teodoro le contestó, sereno, sin drama:
—Taty, yo creo que vamos a encajar bien. ¿Por qué no lo intentamos?
Fue a preguntarle a Roque cómo se conquistaba a alguien, y Roque le dijo que su esposa fue la que se le declaró primero.
Los dos hermanos de la familia Camoso tenían un talento exagerado para presumir lo bien que les iba en el amor.
Y cuando Teodoro pensó que le iba a costar trabajo, Tatiana aceptó firmar en el Registro Civil.
El día que fueron, ella traía una cara seria pero bonita, y hasta el funcionario le preguntó si de verdad iba por voluntad propia.
Teodoro no supo si reírse o qué. Se dijo que tenía que ir con calma, sin empujarla demasiado.

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