Sandro, en vez de enojarse, aceptó de inmediato: cinco casas. Sania quedó con la boca seca.
—La verdad… no necesito tanto.
Yuria, al oír eso, casi quería taparle la boca.
Si a ella le sobraba, podía repartir un poquito, ¿no?
Sandro sonrió, amable.
—Hija, si te lo doy es porque quiero. Es el regalo por ser la esposa de ese mocoso.
Sania se puso roja de golpe.
—Gracias, entonces lo acepto…
Sandro se alegró como niño.
—¡Eso! ¡Eso! Buena hija. Mucho más tranquila que este muchacho mío.
Yuria se rio, nerviosa.
—No diga eso… Sani cómo se va a comparar con el Señor Camoso. Él es de otro nivel. Que Sani se case con él es un golpe de suerte para nosotros.
—¿Ah, sí? —Evaldo soltó solo un sonido por la nariz, sonriendo—. En el corazón de mi papá, mi esposa vale cien veces más que yo. ¿O no?
Sandro tosió.
—¡Ya, ya!
Había cosas que solo podía decir en casa.
¿Qué iba a contestar? ¿“Perdón, Sani, mi hijo es gay…”?
Sania se sorprendió de que Evaldo la defendiera y le sonrió con gratitud.
Evaldo captó la señal, sacó el celular con calma y escribió con una mano.
Poco después, el celular de Sania vibró en el bolsillo.
[Evaldo: No me sonrías así. Voy a creer que ya te enamoraste de mí.]
Sania estaba muda. ¿Cómo podía ser tan presumido?
Y ella, que siempre era paciente, no se aguantó.
[Sania: Tranquilo, señor Camoso. A mí no me interesas.]
El hombre alzó los párpados.
[Evaldo: ¿Estás segura?]
—¡Sani, deja el celular! —Yuria se inclinó para regañarla—. ¿Qué son esas mañas? ¿No sabes comportarte?
Sania guardó el celular y miró a Evaldo de reojo. Él traía una sonrisa con doble sentido, así que ella prefirió mirar a otro lado.
Después, Sandro siguió hablando y hablando: que la boda debía hacerse pronto, y que tenía que ser a lo grande, y que él mismo iba a supervisarlo.
Eso, para Alejandro y Yuria, era otra alegría.


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