Más que rueda de prensa, eso sonó a advertencia.
Un reportero de un medio que tenía pleito con Grupo Camoso levantó la mano de inmediato.
—Sr. Camoso, ¿entonces usted niega que su esposa sea “de segunda mano”?
Los ojos de Evaldo se volvieron hielo. Hasta el reportero de la última fila sintió el frío que le salió de encima.
Varios pensaron: este tipo está mal de la cabeza.
Evaldo se rio, pero de puro coraje.
—Tú eres reportero, ¿no? ¿Y tú qué eres entonces? ¿Mercancía? ¿O un tremendo idiota?
—En un evento así vienes a provocarme. Entonces te aviso oficialmente a ti y a tu jefe: o compro tu empresa, o la quiebro. Ah, cierto… se me olvidaba que tú, tremendo idiota, te vas a quedar sin chamba y vas a tener que buscar dónde te aguanten.
Pasó la mirada por todo el salón.
—¿Algún otro reportero quiere preguntar algo?
Todos se quedaron callados.
¿Quién se iba a atrever?
Con una frase mal dicha, el Sr. Camoso te dejaba sin trabajo.
Evaldo sonrió con frialdad.
—Ojalá algunos medios se dedicaran a noticias que valgan la pena, y no a dejar que los rumores corran como si nada. Ya. Gracias por venir tan temprano. Eso es todo.
Dicho eso, Evaldo se fue como si nada.
Ese medio, en efecto, había recibido un dinerito de Federica.
Pero no esperaban que Evaldo se fuera con todo por una mujer.
El reportero se puso rojo de coraje y llamó corriendo a su jefe.
Y Federica, que se había desvelado leyendo comentarios burlándose de Sania, se durmió feliz.

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